La selva

Ediciones del Viento. A Coruña (2008). 288 págs. 12 €. Traducción: María Virginia Martínez Costa de Abaria.

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En tiempos de urgencia vanguardista desnortada y afán publicitario, casi resulta escandalosa una novela ceñida al viejo modelo americano, de ambiente rural y subyacente fe en el progreso, la civilización y la vida sencilla contra todo aciago determinismo. Ciertamente este autor no es Steinbeck, ni mucho menos: no alcanza su talento constructivo ni su trágico lirismo, pero Bromfield (1896-1956) comparte con el Nobel la predilección por la sociedades agrarias como objeto de estudio psicológico, con la aportación propia de un ingenua pedagogía roussoniana, que envejece bastante la novela a ojos de un lector europeo de la era global.

La selva, cuyo planteamiento a veces recuerda a El camino de Delibes, es una novela de iniciación contada en primera persona por Ronnie, que desde la madurez recuerda los hechos cruciales y dramáticos que marcaron su paso de la niñez a la adolescencia, y de esta a la madurez. El espacio de la acción es una granja de Clarendon, Missouri, en la que no faltan los formularios arquetipos: el juez abuelo del narrador, depositario de la ética en el pueblo y maestro de vida del narrador; Wayne, el flamante triunfador en la ciudad que vuelve al pueblo, y trae con él la corrupción lujuriosa y la falta de escrúpulos; la ex prostituta que se redime en un feliz matrimonio pero es tentada de nuevo por Wayne. La novela avanza linealmente, con una prosa funcional, casi simple -esto lo alejaría de la expresividad de Delibes-, deshilvanando la madeja de un drama rural bastante previsible hecho de pequeñas pasiones, estulticia, lascivia y rubores adolescentes.

La construcción es eficaz y los personajes absolutamente verosímiles a fuer de arquetípicos, y este decidido realismo, unido a ocasionales descripciones de la naturaleza muy afinadas, es lo mejor de la obra. Pero nos desasosiega un poco su prurito moralizante, la sensación recurrente de que el autor maneja casos psicológicos para aleccionarnos con la consabida moraleja rooseveltiana del buen americano trabajador y familiar, en vez de construir personajes complejos, con aristas y alguna capacidad de sorpresa.