La sangre de los inocentes

Julia Navarro

GÉNERO

Plaza & Janés. Barcelona (2007). 600 págs. 21,90 €.

El grupo Mondadori ha apostado fuerte por la última novela de Julia Navarro, «La sangre de los inocentes». Dividida en tres partes, esta extensa narración comienza en el otoño de la Edad Media, en plena cruzada contra los albigenses, para pasar luego a la persecución nazi contra los judíos y terminar en la época actual, con la crónica de un ficticio atentado múltiple que ha de provocar una guerra de cristianos contra musulmanes. La tesis que recorre el volumen con insistencia podría enunciarse así: el fanatismo es un cáncer de la humanidad que rebrota con nombres diversos y contra el que la tolerancia libra un combate decisivo.

Los personajes exhiben sin pudor los hilos y la cachiporra: así malvados como el inquisidor Ferrer, «ansioso por mandar a la hoguera a aquellos desgraciados»; fascistas que tienen «la maldad aflorando en cada poro de su rostro», o islamistas que no dudan en acuchillar a sus parientes; y buenos con media aureola sobre su cabeza, como la cátara doña María («repartió cuanto tenía entre los pobres») o que exudan corrección política hasta el hedor, como el profesor Arnaud («lo que yo crea pertenece a mi ámbito privado») o la musulmana moderna Laila.

Todo ello viene servido con un estilo a ras de suelo: nunca olvidaré ese «ensimismados en sus propios pensamientos», o aquel sintagma: «la proximidad de la festividad de la Semana Santa», con ritmo de viejo autobús parado. Ni que decir tiene que los diálogos vuelan a la misma altura, abandonando sólo la vaciedad para sumirse en la moralina. Y que los argumentos de fondo no superan el ¿por qué hemos de matarnos, con lo fácil que es llevarse bien?

Tan sólo la estructura tripartita y su vuelo a través de los siglos puede fascinar al lector novel. Pero esta estructura se tambalea porque la última parte presenta un formato de «thriller» que es ajeno al resto de la obra, de tal modo que parece otra cosa.

No hablamos, pues, de un fenómeno literario, sino del alarde de un departamento de «marketing». Lo que da que pensar es por qué se elige precisamente este producto, que tampoco emplea los típicos reclamos de la literatura de masas, pues se halla en las antípodas de todo exceso erótico o violento. Bien es cierto que está ahí la tríada de moda: templarios, cátaros, grial. Y que explota la renacida tendencia popular a buscar culpables ocultos en la política internacional.

Así que me temo que la clave hay que buscarla en el mensaje. Resulta sugestivo, para la mentalidad dominante, el mezclar a la Iglesia con el nacionalsocialismo y con Al-Qaeda en el saco de la intolerancia.

Lo que sucede es que es un planteamiento falso de raíz. A la altura del siglo XV era sencillamente impensable una separación entre la moral religiosa (cristiana, en este caso) y una especie de ética civil. No estamos, como en los otros casos, ante la imposición de una ideología por la fuerza, sino de la defensa de los valores compartidos por la comunidad, valores que incluían la salvación del alma y que eran también responsabilidad de los príncipes. Ser hereje era entonces algo peor que ser hoy día terrorista.

Pero, para ser justos, hay que reconocer que la Iglesia contemporánea resulta bien tratada en la tercera (y más extensa) parte de la novela. De hecho, es un jesuita quien da con la clave de los atentados y tanto este como los demás sacerdotes que aparecen en esta parte se nos muestran como honrados creyentes y hombres razonables.

Erraría, pues, quien pensase que estamos ante una obra esencialmente sectaria o antieclesiástica. Por más que el conocimiento del cristianismo por parte de la autora no sea cabal (un cargo del Vaticano ansía dejar aquella tarea «para vivir de acuerdo con el Evangelio»), hay un loable esfuerzo de imparcialidad y comprensión que empieza a ser infrecuente en el tratamiento de estos temas por parte de la narrativa.

Lo que convierte a esta novela en promocionable se halla más al fondo. «Temo a los hombres que no dudan», dice la cátara doña María, una de las buenas más buenas de la obra. Y Julián, el fraile en crisis por culpa de las hogueras, acaba confesando: «No sé qué Dios es el verdadero». A lo largo de toda la novela encontramos un planteamiento similar: «No te olvides de que no importa cómo se llame a Dios ni de qué manera se le rece. No te vuelvas un fanático». Es la confusión radical, que lleva a muchos a pensar, como al profesor Arnaud, que la religión solo sirve para dividir a los hombres. La confusión entre el estar convencido de algo y el imponerlo por la fuerza. Pensar que cualquier convicción es susceptible de desembocar en las hogueras. Para no ser fanático conviene que la fe no sea muy profunda.

«La sangre de los inocentes», con su tosquedad de lenguaje, con la puerilidad de sus razones, es un manual para catecúmenos del relativismo. Sólo los que aún sigan escogiendo la asignatura de Religión podrán saber que la sangre del Inocente por antonomasia fue derramada por el primer relativista del que se tiene noticia.

Jesús SanzACEPRENSA

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