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La saga de los Forsyte

Reino de Cordelia.

Madrid (2014).

912 págs.

32,55 €.

Traducción: Susana Corral.

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Entre 1906 y 1921 se publicaron las cinco novelas –dos de ellas más breves o entreactos– que componen La saga de los Forsyte, ofrecidas ahora en un volumen conjunto. Y aunque Galsworthy, que empezó a escribir gracias a su amistad con Conrad e incluso se alzó con el Nobel en 1932, ha sido considerado un escritor menor, la historia de esta familia de la alta burguesía inglesa tiene suficiente envergadura literaria como para ganarse un lugar junto a los Buddenbrook.

Los Forsyte son personajes típicamente victorianos: elegantes e impostados, sensatos y realistas hasta el ridículo, optimistas y egocéntricos, clasistas y antisentimentales. Pertenecen, en definitiva, a esa clase social que luchó por sacudirse el yugo de la nobleza, pero terminó creando una aristocracia del capital algo resentida y marcadamente elitista. Galsworthy satiriza el convencionalismo hipócrita de tres generaciones de esta familia.

Soames Forsyte, el protagonista de la saga, es el quicio sobre el que giran dos generaciones antagónicas: la primera, que ascendió de clase por su propio esfuerzo y dedicación, y la tercera y última, en la que la riqueza atesorada amenaza con desaparecer, lastrada por el consumismo banal y por la frivolidad.

Las cinco historias están marcadas por la tormentosa relación de Soames con su mujer, Irene, y las consecuencias que sus tensiones provocan en el marco familiar. Al valorar todo por la utilidad y por la satisfacción que le produce, Soames, como buen Forsyte, se siente herido en su amor propio debido a la actitud reacia de Irene, que se niega a amarle. Complejo y contradictorio, Soames es al mismo tiempo el garante de la estabilidad económica de la familia.

Galsworthy no es creativo al contraponer dinero y amor, pasión y convención, arte y cálculo. Explota la veta posromántica, ciertamente, pero enriquece sus reproches con personajes sólidamente construidos y detalles de extremado lirismo. Sabe jugar con el ambiente y recrea las atmósferas sentimentales y conflictivas con mucha solvencia. El tono marcadamente irónico de toda la novela agudiza más la tragedia de estos individuos encorsetados en sus prejuicios y en su afán de posesión y demasiado seguros de sí mismos. Una seguridad aparente de la que Galsworthy se vale para revelar las fisuras morales y psicológicas de esta estirpe.

Con su crítica, Galsworthy no censura solo una clase social, sino el paradójico provincialismo del imperio británico –que está simbolizado en los Forsyte– y la incapacidad de la sociedad para adaptarse a los tiempos y superar la desigualdad. Puede que en términos sociológicos el análisis resulte maniqueo, pero es brillante y profundamente literario.