La prisión de la libertad

TÍTULO ORIGINALDas Gefängnis der Freiheit

GÉNERO

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Alfaguara. Madrid (1993). 214 págs. 1.400 ptas.

Después de años de silencio narrativo, Michael Ende vuelve a la carga con La prisión de la libertad, volumen que reúne ocho cuentos enmarcados dentro de la literatura fantástica.

Si en sus dos libros más famosos la fantasía irrumpía en la realidad para enriquecer la existencia de los personajes, en este conjunto de relatos el recurso a la fantasía es una manera de facilitarles, mediante la parábola, la desesperación o la incesante búsqueda. En varias de estas historias, el protagonista persigue algo que no acaba de comprender; su vida es una busca de la felicidad, en la que Ende prescinde deliberadamente de Dios y de soluciones sobrenaturales o más tradicionales, aunque aboga por una defensa de los valores espirituales en una sociedad cada vez más materialista, donde no queda sitio para la fantasía.

La portada del libro, una ilustración que se inspira en el argumento de uno de los cuentos, La meta de un largo viaje, es un acertado resumen del peculiar itinerario que llevan a cabo estos personajes: en un desierto pedregoso, coloreado con la tenue luz de una luna inexistente, una enigmática roca gigantesca da cobijo a un palacio encantado habitado por un único y anónimo personaje que más parece un encarcelado siniestro que aquel que ha encontrado, por fin, el paraíso, la felicidad. Ideas parecidas se encuentran en otros cuentos, con finales impresionantes, tristes, vacíos… El cuento más logrado, y que mejor refleja el sustrato filosófico que impera en el resto de los relatos, es La prisión de la libertad, el que da título al libro, muy en la línea de los cuentos orientales tradicionales, aunque con más paradojas.

Otros relatos interesantes son La casa de las afueras, Sin duda algo pequeño y Las catacumbas de Misraim. En el primero, Ende recuerda los juegos barrocos y arquitectónicos de Borges: “Me preocupa con creciente intensidad la idea de que la así llamada realidad no es más que el piso bajo, por no decir la casa del portero, de un enorme edificio con innumerables pisos hacia arriba y, seguramente, también hacia abajo”; en el segundo, el humor compensa la endeblez del argumento; el tercero presenta una infeliz parábola futurista, con tintes kafkianos, sobre la libertad y las relaciones sociales.

Junto a la atracción por los escenarios fantásticos, hay en este libro una mayor preocupación por encontrar un sentido existencial al drama de sus personajes. Pero Michael Ende parece dejar a los suyos desamparados, solos, arrojados en un simbólico mundo fantástico, con muchas preguntas y escasas respuestas.

Adolfo Torrecilla

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