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La pirámide inmortal

Planeta.

Barcelona (2014).

352 págs.

20 €.

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Javier Sierra (Teruel, 1971) recupera para La pirámide inmortal la trama de su obra anterior El secreto egipcio de Napoleón (2002), “la más esotérica” de sus novelas en palabras del propio autor. Para clarificar su línea argumental, la ha podado de algunos personajes.

Sierra reconstruye la estancia de una noche de Napoleón –entonces comandante en jefe de las tropas francesas en Egipto– en la Gran Pirámide de Giza, anécdota biográfica que sirve al autor para embalarse, una vez más, por los vericuetos del misterio y la fantasía.

En La pirámide inmortal, Napoleón se presenta como un hombre en busca de la eternidad, que desafía la prueba de valor de la pirámide. Mientras espera el veredicto del tiempo en la Cámara del Rey, la noche del 12 de agosto de 1799, el general recuerda sus campañas anteriores y otros lances vitales, privilegiando siempre los arcanos sobre la historia más ortodoxa –véase, por ejemplo, su encuentro con el astrólogo Bonaventure Guyon, que le traza su carta natal–; aunque con cierto respeto a los detalles.

Algo escéptico al principio, a Bonaparte no le cuesta convencerse de la existencia de unos “sabios azules”, antaño aliados de los templarios, que custodian la sangre de Cristo en el monte Tabor. Fueron estos seres, según la fabulosa interpretación de uno de los personajes, quienes concedieron la inmortalidad a Amenhotep y, quince siglos más tarde, hasta a Jesús de Nazaret.

Y ese es el secreto que ansía Napoleón, quien, tras asimilar las paradojas del Viejo de la Montaña (“la verdadera vida es la muerte, la verdadera muerte es la vida”), comprende que su destino reside en la mortalidad de la carne, a la vez que deja de temer a la parca.

Acción vertiginosa, un bizarro surtido de ritos iniciáticos, diálogos abundantes, intrigas paralelas, múltiples escenarios (Egipto, Acre, Nazaret, París…), su programada dosis de sexo, saltos en el tiempo y capítulos lacónicos son algunos de los ingredientes de una novela que apenas si se concede digresiones del tipo: “En la vida, todas nuestras elecciones están conectadas entre sí”, y cuyos recursos estilísticos son meros accidentes que pretenden antes la eficacia que la originalidad: “El pulso del soldado se aceleró, golpeando sus sienes como una maza”, leemos ya en el primer capítulo.

El autor de El maestro del Prado sigue explotando la veta inagotable del esoterismo y vuelve a confirmar su habilidad para armar toda una epopeya a partir de un simple pie de página de la historia.

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