La mujer de Andros

TÍTULO ORIGINALThe Woman of Andros

GÉNERO

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451 Editores. Madrid (2007). 128 págs. 14,50 €. Traducción: Isabel González-Gallarza.

La nueva editorial 451 Editores ha rescatado una breve novela de Thornton Wilder (1897-1975), que, como en “Los idus de marzo” y “El puente de San Luis Rey”, viaja al pasado -en este caso a la Grecia precristiana- en busca de respuestas válidas a los dilemas del presente. Cuando la novela vio la luz en plena Depresión no faltaron las voces que, con acentos marxistas, acusaron al tres veces ganador del premio Pulitzer de escapismo: júzguese si una obra que habla del amor, la enfermedad o la muerte puede ser escapista. Esos son los tres temas principales de “La mujer de Andros”, inspirada libremente en una comedia de Terencio.

Wilder logra crear un buen personaje, casi un personaje memorable: el de Críside, una cortesana extranjera y culta que violentará a la sociedad de la isla griega de Brinos, donde “el súmmum al que podía aspirar toda persona consistía en (…) pertenecer a una familia que se remontara tan lejos en el pasado como pudieran atestiguar las urnas funerarias cubiertas de musgo”. La mujer de Andros habla, pues, de una evolución, fruto de cualquier época y en especial de una de crisis, que conmueve y sacude a todos los personajes por igual.

El protagonista es el hijo de Simón, Pánfilo, un joven melancólico que frecuenta los banquetes de la hetaira y recibe en ellos unas enseñanzas que provocarán el derrumbe de los viejos principios aprendidos en el seno de su familia. La cortesana lo ama en silencio, pero él se prenda de la hermana de esta, y son esas uniones y desuniones, esos afectos incomunicables y esas distancias los que llenan de color el lienzo de esta historia.

La novela carece de acción en el sentido que damos hoy a esta palabra. Parece escrita en un duermevela, más sensible a los distintos matices del cielo y a los vaivenes del corazón que a los grandes sucesos, que hemos de imaginar, pues sobre ellos el autor se limita a pasear su mirada, poco menos que indiferente. Sin censurar esa opción, tal vez habría sido deseable en ciertos momentos algo más de paciencia a la hora de perfilar las relaciones entre algunos personajes, como entre Filocles, el viejo y heroico capitán, y Críside. No obstante, la minuciosa expresividad de Wilder no desfallece en ningún momento; y, si en su día se le reprochó un exceso de academicismo, los lectores de hoy ven realizada aquí la equivalencia de Keats: “belleza es verdad, verdad es belleza”.

Alberto de FrutosACEPRENSA

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