La leyenda del ladrón

Planeta
Barcelona (2012)
664 págs. 21,90 €

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Tras varios thrillers de ambiente contemporáneo, algo flojos y deudores de Dan Brown, Juan Gómez-Jurado (Madrid, 1977) cambia de registro en su última novela y recrea en La leyenda del ladrón la Sevilla de finales del siglo XVI, una época en la que el poderío del imperio español no mejoraba la vida de sus súbditos, condenados muchos de ellos a la mendicidad desde su nacimiento.

La trama sigue los pasos de Sancho de Écija entre los trece y los diecisiete años. Tras perder a su madre a consecuencia de la peste, Sancho es acogido en un orfanato y sirve después en una taberna. Con el patrón clásico de la novela picaresca, el autor nos presenta en la primera parte la biografía de un rebelde, a quien la vida va curtiendo a golpes. Como un personaje de Dickens, Sancho se adentra en las cloacas del hampa sevillana, gobernadas por el temible Monipodio, y descubre los secretos de la supervivencia de la mano de un truhán de buen corazón, el enano Bartolo. Entre tanto, una acción paralela nos cuenta la vida de Clara, hija de un rico comerciante y una esclava, que vence todos los obstáculos para escapar a su condición (y que, previsiblemente, se enamora de Sancho). En el otro plato de la balanza, se encuentran los antagonistas, personajes de alta alcurnia sobre los que el autor ha bromeado: “No es casualidad que los malos sean un banquero y un duque”.

Hay que agradecer a Juan Gómez-Jurado el optimismo que transmite esta historia, en la que los sueños de los personajes se acaban imponiendo a la crudeza y las injusticias de la realidad. Sancho, Clara, Bartolo y el resto de figurones no son precisamente un dechado de psicología profunda, pero la variedad de las aventuras que corren capta el interés desde la primera página. Varios capítulos se desarrollan en galeras y otros en la forja de un herrero; y de ambas pruebas sale airoso el autor, merced a una escrupulosa documentación.

La inclusión de alguna escena en la que Shakespeare y Cervantes comparten peripecias es la mayor libertad que se ha tomado la novela y puede resultar, desde el punto de vista histórico, su aspecto más discutible; pero el cariño que el autor ha puesto en el retrato de ambos hace que la hipótesis no chirríe y aporta la sal que le faltaba al conjunto.

El libro se presenta, finalmente, como “la primera novela con realidad aumentada”, mediante una aplicación para smartphones, bastante prescindible en nuestra opinión, pero interesante para saber por dónde pueden ir los tiros del sector el día de mañana.

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