La jauría y la niebla

Algaida. Madrid (2009). 314 págs. 20 €.

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Una mañana de diciembre, Ander, adolescente, se enfrenta como cada jornada a lo que se ha convertido en uno de los momentos más duros de su existencia: entrar en clase. Mientras, a su hermano Leandro, más pequeño, le desvelan sus compañeros el secreto de los Reyes Magos. Ese mismo día, el escritor, ya en la tercera edad, Ignacio Mayor, acudirá a la escuela donde estudian ambos para impartir varias conferencias en los distintos grupos. Estos tres personajes, unidos por los sutiles hilos de los sentimientos, la casualidad y la memoria, tejen una historia acerca de la violencia que ejerce el grupo sobre el individuo, la pérdida de la inocencia y la necesidad de recuperarla para poder seguir viviendo.

La acción está centrada en una escuela en Euskadi, con su ambiente, lenguaje, sociología, caracteres humanos. Las situaciones de los tres personajes principales aparecen de forma alterna y al mismo tiempo interrelacionada. Psicológicamente, es una novela clara, dura, explícita, rica en matices, capaz de convencer a los educadores y a todos los que quieran considerar las zonas negras de la convivencia humana. Las escenas son conocidas, incluso predecibles, porque son las de siempre, presentadas con viveza, como si fueran nuevas. Los diálogos son los de cada edad. Como en otras novelas del autor, la ambientación escolar y juvenil está conseguida.

Y La jauría y la niebla, novela que ha obtenido el Premio Logroño, también constituye un examen social: ¿dónde están los valores de los educadores, de los padres, de las autoridades? El autor muestra el sufrimiento de unos y otros a causa de inhibiciones, olvidos y mucha omisión. Con horror, vemos que en educación se llega tarde con frecuencia. Para los protagonistas principales, los dos hermanos, el daño está hecho. Ignacio dice que aún hay esperanza, a pesar de todo, pero él avanza a rastras. El fondo cristiano de la obra no consigue ofrecer una visión trascendente de la vida, ya que se queda en una explicación existencial, no amarga, pero sí triste, que no convence cuando afirma que no hay culpa, solo hay herida. Eso nos llevaría a concluir la ausencia de verdadera libertad, y no sabríamos qué hacer con la relación social que nos hace revisar nuestras pautas de convivencia; dicho de otro modo: ¿por qué no hay un educador que se acerque a Ander a fondo?

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