La guerra del mundo. Los conflictos del siglo XX y el declive de Occidente (1904-1953)

Debate. Madrid (2007). 887 págs. 34 . Traducción: Francisco J. Ramos Mena.

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Quien pasa por ser el historiador mejor pagado del mundo nos brinda en esta obra un magnífico y extenso trabajo. Aunque se centra en las dos guerras mundiales, su intento es explicar por qué el siglo XX constituyó un periodo de extremada e intensa violencia, quizá el peor de la historia, afirmación discutible que defiende brevemente en un interesante epílogo.

Las explicaciones que Ferguson aporta de los hechos resultan en algunos casos sorprendentes y con frecuencia innovadoras. Casi siempre esa renovación viene por un cambio de perspectiva en el enfoque de la narración, pero no faltan ocasiones en que afronta directamente una renovación de la interpretación dominante, especialmente en la historiografía británica o en general anglosajona. Por ejemplo, el análisis de si la Gran Guerra de 1914 fue esperada o no, lo realiza atendiendo al comportamiento de los mercados bursátiles para concluir que resultó imprevista. Cómo engarza ese estudio con el retrato de la política exterior de las casas reales en la época, me parece una de las genialidades que da aire deslumbrante a su obra.

Su explicación de la brutal violencia del pasado siglo se centra en tres argumentos: primero, que se debió a la exacerbación de rivalidades étnicas; segundo, que esos conflictos explotaron como consecuencia de una inestabilidad económica sobrevenida; tercero, que a esos factores se sumó la tendencia al creciente empleo de medios violentos por parte de los imperios en declive.

Por lo que hace a lo primero, su estudio de las tensiones raciales y su reflejo en la política, precedido por un repaso de la negación de la diferencia racial por la biología, es amplio y detallado, especialmente para las zonas que estima de intensa fricción en Eurasia: la Europa centro-oriental, más Corea y Manchuria. Cómo encaja aquí la llamada “cuestión judía” resulta muy interesante. Pero no faltan alusiones a otros ámbitos: Estados Unidos, Congo, Bosnia o Ruanda, etc.

En lo segundo Ferguson siempre abunda: le entusiasma buscar explicaciones en los datos macroeconómicos, y otra vez resulta original: la clave de los posibles problemas no estaría en si crece o no la economía, sino en si es o no estable.

En lo tercero, la opresión violenta de los imperios, vuelca su capacidad de abstracción formal en la comprensión de la historia y lo encuentra aplicable a todo: desde el Tercer Reich al Cuarto (la Unión Soviética) pasando por el conjunto entero del libro, que se entiende como una explicación de la decadencia de los imperios occidentales en beneficio de unos nuevos que todavía está por ver cuáles son, aunque Ferguson apunta a China y el mundo islámico.

Ningún empirista pondría reparos al planteamiento de esta obra. Sin embargo, echo de menos alguna integración de la trascendencia, o simplemente de lo no estrictamente material o conductual, en esta ambiciosa e inteligente explicación de nuestro pasado.

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