La estepa infinita

Salamandra. Barcelona (2008). 256 págs. 16 . Traducción: Santiago de Rey.

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Este relato autobiográfico se ha convertido en un auténtico clásico, leído por sucesivas generaciones en Estados Unidos y Europa. Publicado hace casi cuarenta años y traducido ahora por primera vez al castellano, narra unos capítulos de la historia de una próspera familia judía dueños de una joyería en Vilna, que entonces pertenecía a Polonia. La alegre infancia de Esther dio paso a una época (de los 10 a los 15 años) de cambio brutal, cuando en la Segunda Guerra Mundial, las tropas soviéticas penetraron en la parte oriental de Polonia.

Esther y su familia, acusados de ser capitalistas y enemigos del Estado, fueron deportados a Siberia, a una pequeña población llamada Rubstovsk, uno de los lugares elegidos por los soviéticos para castigar a los delincuentes comunes y a los disidentes políticos. Obligados a dejar casa y amigos, viajaron en vagones de ganado durante seis semanas eternas hacia las estepas siberianas, donde vivieron un exilio de cinco años. Sólo la fuerza y el ingenio les permitirán no sucumbir y sobreponerse a las condiciones más adversas. Sin embargo, descubrimos que hay algo más: unas virtudes sólidas, propias de una excelente educación, y, en el caso de Esther, un diálogo interior rico, en el que se encuentra Dios -quizás su propio Dios-, con el que comparte los momentos agradables y los momentos terribles.

La novela hace admirar la unidad familiar, el modelo paterno, la personalidad interesante de la madre y la dignidad nunca perdida de la abuela. A eso hay que añadir el insaciable ansia de saber de Esther, una alegría a toda prueba y la responsabilidad de ayudar a la subsistencia de toda la familia. En estos emocionantes pasajes, ella cuenta cómo sus años de infancia la prepararon de modo natural, pues llegó a tejer jerseys, teñir cortinas, regatear en compra-ventas, cultivar, cocinar, además de seguir un orden estricto en sus distintos trabajos, sin abandonar nunca la tarea aunque estuviese agotada.

La narración y los diálogos forman una unidad. Todos sus lectores han elogiado el contagioso optimismo con que la joven Esther recuerda su terrible peripecia. Incluso, al llegar al final, dice de modo muy convencido: “Bueno, me encantaba mi colegio. Y mis profesores. Y mis amigos. Y creo que en el fondo de mí había algo más: el grato orgullo de que aquella niña rica de Vilna hubiera sido capaz de soportar la pobreza como cualquier persona”.

Esther Hautzig nació en 1930 en Vilna, en la actualidad capital de Lituania. Se marchó a los EE.UU. en 1947, después de regresar a Polonia tras la dura experiencia que relata en este libro.

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