La balada de Iza

Mondadori. Barcelona (2008). 288 págs. 20,90 . Traducción: José Miguel González Trevejo y María Szijj.

La vieja Centroeuropa ha dado muchos buenos novelistas. La que nos ocupa, nacida en Hungría en 1917 y fallecida allí el año pasado, es un exponente más de esa burguesía ilustrada que vivió como una gran elegía los estertores de la época imperial y el triste advenimiento del comunismo primero y del consumismo después. Al igual que su compatriota Sándor Márai, la húngara Magda Szabó -cuyo prestigio póstumo crece apuntalado por buen número de galardones literarios- se sirve del retrato psicológico y el drama familiar para encarnar su literatura intimista, hecha de sentimientos y costumbrismo.

La presente novela, ambientada en el comunismo tardío de los 80, cuenta apenas unos días de la vida de Iza, una doctora cuya entrega y compromiso social todo el mundo admira, pero que en lo hondo no encuentra la llave para abrir su corazón a otro amor que no sea el propio. La estructura recuerda efectivamente a la de una balada musical, y su fluidez melancólica y sostenida revela el pulso magistral de la autora, aunque puede cansar al lector poco habituado a alardes psicologistas, proustianos.

El padre de Iza muere en la casa de provincias familiar. Iza decide llevarse a su madre viuda a vivir con ella, en el piso que tiene en Budapest. Pero la anciana, que acusa su pena y sus maneras pausadas de otra época, se revela incapaz de adaptarse a la gran ciudad y a las costumbres modernas de su hija. Ella, además, arrastra el recuerdo de su fracasado matrimonio y trata de taparlo con un novio al que parece utilizar más que entregarse. La inquietud de la anciana será el catalizador de un nuevo drama en la familia.

Szabó se sirve del estilo indirecto libre para enfocar alternativamente los acontecimientos desde la conciencia de los distintos personajes: Iza, el primer marido de Iza, su madre, su nuevo novio, principalmente. Este procedimiento le permite ahondar con una agudeza casi angustiosa en la descripción de la cotidianidad -siempre significativa, nunca gratuita o banal- y en la psicología humana, que es, al cabo, el objetivo de su preceptiva literaria.

Nunca entra a juzgar comportamientos, aunque el lector llega inevitablemente a una conclusión: la más férrea integridad de carácter puede originar un narcisismo tan sutil como doloroso, una soledad inexplicable, blindada frente al amor.

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