Jill

Lumen. Barcelona (2007). 338 págs. 21 €. Traducción: Marcelo Cohen.

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John Kemp es un joven humilde del norte de Inglaterra que comienza sus estudios de Literatura en Oxford gracias a una beca. Sin relaciones al encontrarse por primera vez fuera de su casa, pronto choca con su compañero de habitación, Christopher Warner, un “niño bien” que encarna todo lo que Kemp quisiera ser. El protagonista es apocado y retraído, constante en el estudio pero no excesivamente inteligente. Chris es carismático, atractivo, rico… y pendenciero.

A pesar de que no oculta su desprecio por John, éste persiste en imitarle, embelesado por su éxito social. Como último recurso para llamar la atención de Chris, John inventa a Jill, una hermana ficticia. Pero lo que empieza siendo una vía de escape para el protagonista acaba por crear una obsesión de la que no podrá liberarse.

Publicada por primera vez en 1946, Larkin escribió Jill antes de que la guerra terminara, lo que dota al libro un tono diferente al de otras novelas sobre la época. Por ejemplo, llama la atención la falta de perspectiva de los personajes en medio de la contienda, que lógicamente se corresponde con la falta de perspectiva del propio autor.

La guerra en Jill es un mero telón de fondo para el entretenimiento de la supuesta elite intelectual europea. Los privilegiados jóvenes de Oxford malgastan su tiempo mientras el mundo se derrumba a su alrededor, y la situación apenas cambia cuando el protagonista debe viajar a su ciudad natal y la encuentra destrozada.

Jill fue escrita mucho antes de que Philip Larkin iniciara su producción poética, a la que debe su fama. La novela adolece de algunos defectos que se pueden achacar a la inmadurez del escritor, como una estructura algo desorganizada. Más de la mitad del libro es una reiteración de situaciones que aportan poco al avance de la trama, mientras que los capítulos dedicados a la transformación del protagonista son escasos y caóticos. Más destacable que la propia historia es la recreación del ambiente decadente de Oxford, que bien puede tomarse como un símbolo del ocaso de las ideas que supuso el inicio de la Segunda Guerra Mundial

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