Historias impertinentes

TÍTULO ORIGINALHistoires désobligeantes

GÉNERO

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Menoscuarto. Palencia (2006). 260 págs. 15 €. Traducción: Ascensión Cuesta.

Estos 30 relatos breves de Léon Bloy servirán al lector desavisado para tomar contacto con uno de los más geniales prosistas franceses de los últimos dos siglos, pues constituyen un muestrario suficientemente representativo de su actitud literaria. Léon Bloy (1846-1917) fue un hombre apasionado y turbulento, que recorrió con paso siempre extremado el camino que va del hedonismo anticlerical a un catolicismo visionario. Su temperamento de profeta veterotestamentario le granjeó la postergación de críticos montados en una modernidad autocomplaciente y laica, pero hoy podemos acercarnos a su prosa contundente y poética con la convicción de que estamos ante un clásico inmarcesible.

Bloy parece escribir en permanente estado de indignación. En estos relatos, su pluma fustiga sin piedad todo el espectro de vicios y pecados a cuya despreocupada comisión se entrega el ser humano adocenado, burgués y decadente de fines del siglo XIX, lo que le coloca en la estela de los grandes moralistas franceses, en la línea de Bossuet. Pero su singularidad consiste en que se sirve resueltamente del tono y las técnicas de los literatos diríamos más subversivos para vestir sus sátiras: el simbolismo de los poetas malditos, el impudor a lo Céline, el decadentismo de su maestro Barbey d’Aurevilly, el iluminismo revolucionario de un Blake.

Semejante mezcla confiere a sus textos un aire inconfundible de fuerza renovada para mandamientos eternos: estamos ante un Jeremías de entresiglos con un genuino instinto poético, pero más corrosivo. Kafka escribió de él: “En el vituperio no tiene par. A su lado, los profetas nos parecen mancos. Si les aventaja, será porque se nutre del estercolero de nuestro tiempo”. Digamos que censura las propias transgresiones exponiéndolas sin recato.

No se trata de relatos que destaquen por su construcción, por la exactitud realista en la pintura de tipos y ambientes, y en lo psicológico ningún lector podría sentirse tan malo como para identificarse. Pero basta con su poderío verbal para elogiar su literatura, incómoda especialmente para los convictos de beatería y cualquier forma de hipocresía religiosa y moral. Quizá pueda empachar, pero es un autor que en dosis justas enseña una valiosa lección de verdadero compromiso y placer literario.

Jorge Bustos Táuler

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