Historias de Nueva York

Nórdica.

Madrid (2012).

184 págs.

16,50 €.

Traducción: José Manuel Álvarez Flórez.

AUTOR

GÉNERO

Diecisiete cuentos de O. Henry. Diecisiete historias para conocer a los tipos más atípicos y paradójicamente corrientes de Nueva York. Diecisiete relatos, en fin, para apreciar el ingenio y el buen gusto de un autor que ha pasado a la historia de las letras por los sorprendentes desenlaces de sus tramas. O. Henry da nombre hoy al premio de relatos más prestigioso en el ámbito anglosajón.

O. Henry nació en 1862 en Carolina del Norte y, tras una serie de avatares –en la que no faltó una estadía en la cárcel– se trasladó en Nueva York en 1901. Hasta su temprana muerte a los 47 años, la ciudad de los rascacielos fue su patria más generosa y a la que dedicó sus mejores creaciones.

Este libro constituye una perfecta aproximación a su obra. Leer a O. Henry es como visitar una exposición sobre algún fotógrafo coetáneo suyo (Stieglitz, por ejemplo). Sus relatos son veraces, cercanos, apuntes a pie de calle que beben de la cotidianeidad de su tiempo, y que, si se salvan de las garras del reportaje, es por el giro que imprime a sus finales, a veces un poco forzados pero casi siempre sensatos, lógicos.

Puede que O. Henry escribiera el mismo cuento siempre, pero era tan hábil que una y otra vez lograba engañar a su auditorio, que rara vez lo pillaba con el as bajo la manga. Conocemos a un conductor tan borracho que hasta olvida que la mujer a la que está paseando en su coche es su esposa; y a un corredor de bolsa tan despistado que pide matrimonio a su secretaria… un día después de haberse casado con ella. Es, sí, el mismo cuento; pero O. Henry disimula la añagaza y logra arrancarnos una sonrisa diferente.

En sus manos, la palabra era una herramienta lúdica. Son frecuentes las interpelaciones al lector, los consejos a los aprendices de las letras, las maledicencias sobre los vicios y modas de su tiempo. Pero, en su caso, las digresiones no son vanos rodeos, sino la sal con que sazona sus argumentos, plenos de simpatía hacia los más desfavorecidos: vagabundos, obreros o socios de ese anónimo y universal club de corazones solitarios que suele florecer en las grandes ciudades.

Entre las piezas más sobresalientes de esta recopilación, destacaría cinco en las que la ejecución es perfecta, la moralina inapreciable o deleitosa, y la idea sencillamente genial. En El policía y el himno, un holgazán hace lo imposible para atraer sobre sí la atención de la Policía, a fin de que lo encierren unos meses en una hospitalaria prisión –tema que pudo inspirar una secuencia de Charles Chaplin en Tiempos modernos–; en El péndulo, un marido tarambana fantasea con volver a los brazos de su esposa durante la breve ausencia de esta, para incurrir, a su vuelta, en los mismos deslices del pasado; en La habitación amueblada –casi un cuento de fantasmas–, un enamorado sigue el rastro de una joven en una pensión para bohemios; en La última hoja –que se diría una vuelta de tuerca a El ruiseñor y la rosa, de Wilde–, una enferma augura que se mantendrá con vida solo hasta que aguante la última hoja de una hiedra que trepa en un bloque cercano; y finalmente, en El regalo de Reyes, una pareja renuncia a sus bienes más preciados para poder comprarse unos regalos de Navidad, sacrificio que, a la postre, resulta inútil desde el punto de vista material.

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