Gran sertón: veredas

TÍTULO ORIGINALGrande Sertão: Veredas

GÉNERO

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Alianza. Madrid (1999). 624 págs. 1.600 ptas. Traducción: Ángel Crespo.

Este libro es uno de los grandes monumentos literarios de este siglo que termina. Pero vaya por delante la siguiente advertencia, porque no se trata de engañar a nadie: Gran sertón: veredas impone su dificultad lectora desde el inicio, en un alarde verbal no menos ambicioso que el Ulises de Joyce, con el que tendría tanto en común si no fuera porque el mundo de Guimarães Rosa está poblado de aventuras, encuentros y desencuentros, personajes fabulosos y una visión trascendente de las cosas. A través de la jerga de Riobaldo, un hombre del sertón, la enorme región semidesértica del noroeste brasileño, nos vamos adentrando en un árbol de historias que lo mismo recuerdan a la novela de caballerías, a los romances castellanos o a las leyendas populares del país. Se construye así un mosaico de fragmentos de prosa poética, cuentos tradicionales, descripciones costumbristas y comentarios filosóficos que van demorando o anticipando una acción en ocasiones remansada, trepidante en otras.

Gran sertón: veredas es un clásico de una literatura riquísima y poco conocida en España, que ha dado nombres tan extraordinarios como Carlos Drummond de Andrade, Machado de Assis, João Cabral do Melo Neto, Euclides da Cunha, Clarice Lispector, Gilberto Freyre, etc. Ésta es la novela totalizadora del Brasil, como lo son en sus respectivos países Cien años de soledad, Adán Buenosayres o Conversación en la Catedral. Ahonda en el mundo mágico de sus habitantes, cuenta una intensa historia de amor, refiere multitud de peripecias… Pero, por encima de todo, está el lenguaje único, creado por el autor para este libro, un lenguaje que no es una mera recreación de un dialecto del portugués, sino una elaboración personal, singularísima del idioma. Basta que el lector entre en este juego para que aprecie, por ejemplo, su poder evocador, esa oscilación entre lengua oral y literaria tan propia de esta novela y de ninguna otra. Así sucede con los estribillos tan sencillos como profundos, con que Riobaldo va adornando su relato (“Vivir es muy peligroso”, “Contar es muy, muy difícil”, “¡El diablo en la calle en medio del remolino!”…). Hay oraciones sueltas que son un poema por ellas mismas: “El poema del nombre de la Virgen dura mucho: a veces produce saldos para una vida entera”. Y otras veces el torbellino de frases se ajusta a la vertiginosa descripción de las batallas. Son las páginas memorables en que el mecerse de la hierba alta sacudida por el trote de los caballos evoca de inmediato toda una escena llena de movimiento y fuerza épica. En todos los casos, la sabiduría se expresa mediante un habla que es, a la vez, memoria popular y artificio de escritor culto.

La presente edición devuelve al público español la magnífica traducción que en su día realizó Ángel Crespo, una versión elogiada por el mismo Guimarães Rosa y puesta muy por encima de las traslaciones francesa o inglesa.

Javier de Navascués

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