Gabriel García Márquez. Una vida

Debate.

Barcelona (2009).

762 págs.

25 €.

Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino.

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La biografía de Gabriel García Márquez, por Gerald Martin, no es ni autorizada, ni no autorizada, ni, como dice él, tolerada, sino cordialmente concordada. Es una biografía amiga y a la vez detallada, trabajada y concienzuda.

Los puntos flacos de la vida de García Márquez que, a pesar del entusiasmo de Martin, un lector crítico puede detectar, casi se desploman al final cuando vemos en este libro a un Gabo -su apodo de siempre- de más de 80 años, con pérdidas de memoria, con gestos lentos, de respetable pelo blanco. Es verdad que desde lo último que ha publicado como ficción -la nada lograda Memoria de mis putas tristes– el gran novelista, o más bien, fabulador de Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada o El coronel no tiene quien le escriba, parece agotado.

La biografía de Martin no consigue ocultar del todo aspectos poco simpáticos del personaje: su continuo compararse a Cervantes; su considerarse (porque trataba de tú a tú a Mitterrand, Felipe González, Castro y varios políticos más) una especie de ministro de asuntos exteriores de la humanidad, ocupado en intentar de nuevo, como Bolívar, la unidad de Hispanoamérica siguiendo a Fidel.

También quedan reseñados, porque es algo inevitable, sus ambigüedades y silencios: su tibieza en 1968 cuando los tanques del Pacto de Varsovia aplastaron lo que se llamó “la Primavera de Praga”, quizá debido a que Castro había aplaudido la acción, ya que la URSS lo financiaba. Silencio cuando, viviendo cómodamente muchos años en México, durante la dictadura de partido único que fue el PRI, ese mismo año 1968, hubo una masacre de estudiantes en Tlatelolco, con un número de muertos nunca esclarecido del todo. Gabo nunca criticó ni al entonces presidente, Díaz Ordaz, ni al entonces ministro del Interior y luego presidente Luis Echevarría.

Tampoco hizo nada cuando el poeta y novelista Reinaldo Arenas, en la segunda mitad de los setenta, fue encarcelado y torturado por la policía de Castro acusado de ser homosexual y contrarrevolucionario. En todas las biografías de Gabo se habla de los “miles” de prisioneros políticos que, gracias a su intercesión, Castro dejó salir de la isla, pero es un regalo envenenado porque confirma la existencia de miles de personas consideradas delincuentes sólo por disentir políticamente.

Muchos escritores, no precisamente de derechas -Manuel Vázquez Montalbán, José Saramago, Susan Sontag, Juan Goytisolo, entre otros muchos- no tuvieron más remedio que acabar distanciándose de Castro, sobre todo por la frecuencia con la que el Comandante utiliza la pena de muerte. García Márquez, no.

Cuando hay amistad, se hace difícil criticar y menos en público. Pero decir de su amigo Castro que “es un rey” o ver en él la figura iberoamericana más importante después de Bolívar, resulta tan exagerado que roza el ridículo.

Con todo, siempre es posible distinguir entre el hombre y la obra. García Márquez es un gran escritor, aunque no, como dice Martin, el mejor del siglo XX en castellano, porque lo de mejor va en gustos. Pero hay aspectos en los que autor y obra casi se funden: Gabo es un personaje estropeado por los miles de aplausos recibidos, porque estaba de moda, por personas que no habían leído sus obras. Ha sido un objeto típico para el ejercicio del papanatismo. Cosa que él ha explotado siempre con habilidad, hasta el punto de merecer el sobrenombre de Gabriel García Marketing.

En esta biografía se comete la injusticia de recaer casi solo en García Márquez el esplendor de la novela latinoamericana del siglo XX, cuando gente tan valiosa como Miguel Ángel Asturias, Juan Rulfo, Julio Cortázar o Mario Vargas Llosa se le anticiparon; sin olvidar a escritores de la categoría de José Lezama Lima, Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, Arturo Uslar Pietri y un largo etcétera. En definitiva, una biografía muy completa en los datos, pero escasamente crítica.

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