Francia combatiente

Impedimenta. Madrid (2009). 224 págs. 19 €. Traducción: Pilar Adón.

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Edith Wharton residía en París cuando, en el verano de 1914, estalló la Primera Guerra Mundial. La autora de Santuario, título rescatado también por la editorial Impedimenta, amaba el país y sus gentes, y, en lugar de quedarse de brazos cruzados, decidió empuñar su arma más poderosa: la pluma. Entre los meses de febrero y agosto de 1915, y a lo largo y ancho del “sombrero” de Francia -un extenso frente de batalla entre Dunkerke, en el Paso de Calais, y Belfort, en el Noreste del país-, Wharton concluyó seis reportajes para la Scribner’s Magazine, que no tardaría en publicar en forma de libro.

¿Qué interés tiene esta obra para el lector de hoy? Desde el punto de vista literario, Francia combatiente ilustra el estilo terso y musculoso de la autora, que no desfallece nunca y sorprende a cada página con un chispazo de inspirada belleza: su capacidad de observación y sincretismo le lleva a concentrar el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso de Dante en apenas unos párrafos. Desde el punto de vista histórico, sus seis capítulos (el primero y el último constituyen sendas reflexiones sobre la “imagen” y el “espíritu” de Francia; y los restantes, crónicas de sus expediciones) retratan con honestidad y rigor el clima de un país en guerra, consciente siempre de que hay que “volver a plantar y a construir sobre lo que ha quedado convertido en un desierto”.

Wharton ejerce su tarea de “corresponsal” de forma irreprochable, con fidelidad a los hechos y, sobre todo, a las emociones. Al borde de un bosque en la frontera franco-alemana, alguien tira de ella y le advierte: “¡Tenga cuidado! Son las trincheras”, y es que, en su afán por transmitir con la mayor veracidad el horror, no duda en poner en peligro su propia vida. Sus relaciones le permiten almorzar con el Estado Mayor o visitar los hospitales de Verdún, y allí por donde pasa ensalza la entrega y la solidaridad del pueblo. En este sentido, merece mención aparte el respeto y cariño con que nos presenta a personajes como la hermana Gabrielle o la hermana de la Caridad Julie, la fuerza con que evoca un cántico patriótico en un templo, o la descripción que hace del cura de la iglesia de Ménil: “Hemos conocido al ser más feliz del mundo: un hombre que ha encontrado una misión”.

Francia combatiente no fue el primer libro de viajes de Edith Wharton, ni siquiera el primero dentro de las fronteras galas. Ya en 1908 había publicado A Motor-Flight through France, que le condujo a sobrevolar en avioneta el país. Pero este ensayo que ahora edita Impedimenta es algo más que un cuaderno de bitácora íntimo o que un relato de aventuras: es una declaración de amor, tranquila a veces y en ocasiones exaltada, hacia esa segunda patria que, para Edith Wharton, representó Francia, “el pueblo más inteligente del mundo” y “el más sublime”. Y también, por qué no, el más agradecido: la cruz de la Legión de Honor que su gobierno le concedió en 1915 recompensó los trabajos que la escritora llevó a cabo a favor de los refugiados franceses en el curso de la guerra.