Formas breves

Anagrama.
Barcelona (2000).
144 págs.
1.700 ptas.

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Alos sesenta años, el argentino Ricardo Piglia (Adrogué, 1941) se suma fructíferamente al panorama editorial español actual. En su patria es bien conocido, gracias a una amplia obra que incluye libros de narrativa, breve y no tan breve, ensayos, un libreto de ópera, guiones de cine, ensayos y lucubraciones personales sobre cómo se relata, peculiares homenajes a los escritores que más admira -sus compatriotas Roberto Arlt, Borges, Macedonio Fernández y los más universales Kafka y Chéjov o incluso Gombrowicz-.

Borrando los lábiles límites entre géneros, como lo prueban las once muestras que integran Formas breves, Ricardo Piglia amalgama dentro de este libro brotes de autobiografía, de dietario y memoria de lecturas e interpretaciones, de anécdotas atribuidas a escritores y del embrujo de lo que se resiste a no acabar considerado como apócrifo. Las cartas de una mujer encontradas en una habitación de hotel, el fingimiento de cuál pudo ser el último cuento que se le vino a la cabeza a Borges, el verdadero sentido de que un pianista toque en verano con las ventanas abiertas o la confesión de ver una representación teatral donde los muebles de la casa del escritor adornan el prestado escenario, son ejemplos de las materias narrativas de este hondo escritor. Cierran el libro treinta y tantas páginas de consideraciones y teoría sobre el arte del cuento.

En definitiva, un estilo aparentemente sencillo, de una humanizada erudición, bajo cuya sobriedad resaltan dotes imaginativas, capacidad de reflexión, de novedad y de nobleza de escritura. Interesante ejemplo de una firme tendencia de hoy: añadir la carta de lo literario y reglas nuevas de la realidad a la baraja de la literatura.

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