Flores de verano

Impedimenta.
Madrid (2011).
136 págs.
16,50 €.
Traducción: Yoko Ogihara y Fernando Cordobés.

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Flores de verano, de Tamiki Hara, es un libro triste, desolador. No podía de ser de otra manera. Su autor describe el antes, el durante y el después de la explosión de la bomba atómica de Hiroshima, el 6 de agosto de 1945. Testigo de esa barbaridad, Hara se suicidó en 1951.

La obra se divide en tres relatos que la editorial Impedimenta ha ordenado siguiendo un criterio cronológico.

En Preludio a la aniquilación, que el autor compuso en realidad tras las dos primeras partes, se describe cómo era la vida en Hiroshima en los meses previos a la bomba. El retrato que hace Hara de su entorno ofrece una interesante estampa de la clase media-alta japonesa y de la estructura familiar, caracterizada por la preeminencia del hermano mayor, que en este caso dirige la fábrica en la que se emplean los demás y manda sobre el clan.

Los problemas de la convivencia, más o menos manejables, se subrayan por la crisis de un país que, a esas alturas de la guerra, presentía ya la derrota, aunque no quisiera admitirla. El Preludio representa la incertidumbre de una ciudad que hasta entonces ha salido indemne de los bombardeos, pese a su estratégico valor militar; pero que vive en un continuo sobresalto a causa de las alarmas antiaéreas y las evacuaciones.

Junto a ese cuadro, Hara critica sin miramientos la ceguera y el patrioterismo de los militares. En boca de uno de los hermanos, pone este arrebato: “Aunque matáramos y descuartizáramos a Tōjō [general y primer ministro durante la guerra] y a todos los de su calaña, seguiría siendo poco castigo para ellos”.

La segunda parte, Flores de verano, es bastante más breve. El lector asiste a un registro de horrores con la dolorosa certeza de que no hay en él “efectos especiales”. Sin necesidad de inventar nada, sin exagerar en absoluto, Tamiki Hara traslada a los lectores a una ciudad que, repentinamente, ha dejado de existir y por la que solo vagan fantasmas desorientados. Son páginas duras pero no escabrosas; y, en medio de la pesadilla, conmueven los ejemplos de solidaridad.

Por último, De las ruinas narra la marcha del protagonista a un pueblo y su posterior regreso a la capital del dolor; reconstruye distintas historias de víctimas y supervivientes; y expone los efectos de la radiación, entonces desconocidos: “Pronto supimos que debía de haber algo en el aire de Hiroshima, algún tipo de sustancia que hacía que la gente muriera”.

El desenlace resulta, no obstante, esperanzador: “Incluso entonces, en Hiroshima –escribe Hara–, siempre había alguien que buscaba a alguien”.