Felicidad obligatoria

Tusquets. Barcelona (2007). 256 págs. 17 €. Traducción: Joaquín Garrigós.

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Norman Manea (Rumanía, 1936) es un ejemplo más de escritor criado en el comunismo que transita de la utopía conceptual a su realidad sombría y miserable; desengañado del sistema, en adelante dedicará la mayor parte de su producción narrativa al testimonio crítico de la sociedad comunista rumana. El creciente descontento hacia el régimen que reflejaban sus obras le acarreó la hostilidad de la dictadura de Ceaucescu. Como consecuencia, en 1986 se exilió a Alemania y luego a EE.UU., donde actualmente es profesor universitario. Ha cosechado un buen número de galardones internacionales, y es señalado como una de las voces más destacadas de la actual literatura rumana.

Felicidad obligatoria es un volumen compuesto por cuatro relatos largos que ilustran diversos ámbitos de la vida en la Rumanía de Ceaucescu, donde el ideal revolucionario ha devenido en burocracia gris y desidia generalizada; en este comunismo tardío, el sistema se mantiene por inercia, y ni los propios dirigentes o policías creen ya en el socialismo, las clases siguen existiendo en la práctica y hasta se permite un cierto consumismo privado.

El primer cuento narra el interrogatorio a una joven sospechosa de actividad subversiva: el resultado es que nos inspira más piedad el pobre interrogador, un capitoste del régimen confundido y compadecido de su propia soledad, que la misma prisionera. El segundo es una afanosa descripción de las carreras profesionales de varios camaradas devotos de la revolución, donde las vocaciones de los protagonistas ni siquiera tienen la grandeza del ideal o de la épica militar: todos sus desempeños son medianos, cutres, burocráticos. El tercer relato, el más logrado, ilustra las relaciones de clase entre un tenaz obrero y un matrimonio mejor situado, por no decir burgués. El último explora las relaciones entre miembros de la misma clase: varios matrimonios y su ocio pequeño-burgués, sus conversaciones anodinas y la sofocante normalidad -caldo de cultivo de la histeria y la locura- a que les abocan sus rutinarias y mediocres vidas, más que la opresión política propiamente dicha.

El estilo de Manea es preciso, a ratos lírico, lacónico; suele abusar de la elipsis, de las frases nominativas y del estilo indirecto libre; y aunque sean recursos para retratar incluso formalmente la asfixiante psicología de los personajes, el resultado provoca una sensación de aridez y de falta de información lectora demasiado cargante. Hay además defectos de modulación: la excesiva monotonía contrasta bruscamente con exageraciones emotivas, coloquialismos y reiteraciones cansinas. Puede alegarse que tal es la intención del autor: provocar la desazón correlativa a una realidad opresiva. Sin embargo, salvo en el caso del tercer relato, donde se abre la puerta a la solidaridad humana, el escritor adolece de artificiosidad al cerrar toda salida a la esperanza y a los sentimientos, como si los rumanos de la época fueran puros autómatas. Con ser Manea un escritor exigente, nos queda la incómoda sensación de que ya se ha escrito mucho y mejor sobre regímenes opresivos.

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