Esplendor de Portugal

TÍTULO ORIGINALO esplendor de Portugal

GÉNERO

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Siruela. Madrid (1999). 418 págs. 3.200 ptas. Traducción: Mario Merlino.

Esplendor de Portugal confirma las dotes narrativas del portugués António Lobo Antunes (Lisboa, 1942), autor en cuya trayectoria literaria merece destacarse su novela Manual de Inquisidores (ver servicio 128/98).

Desde la primera página de Esplendor de Portugal se aprecian sus peculiares rasgos técnicos y estilísticos, que lo convierten en un autor exigente e incómodo. Lo más característico de Lobo Antunes es la deliberada ausencia de un argumento clásico, el meticuloso proceso de construcción de su arquitectura, el onírico lenguaje barroco y poético. Su narrativa muestra predilección por los motivos literarios que profundizan en la muerte, el desamor, el dolor y la destrucción, aspectos que también reflejan su desoladora visión del ser humano. A esto hay que sumar la constante presencia de la reciente historia portuguesa, siempre interpretada de manera crítica, aunque Lobo Antunes no desea que sus novelas se lean solamente en clave social.

Esplendor de Portugal está formada por los largos monólogos, en diferentes momentos históricos, de los miembros de una familia marcada y dividida por el desastre de la guerra en Angola. Isilda, la madre, se ha visto forzada por culpa de la guerra a enviar a sus hijos a Lisboa, mientras ella se queda en su granja con la intención de detener la ruina de lo poco que le queda. Su familia era una de las más adineradas de Luanda, pero la existencia aparentemente placentera escondía situaciones complejas y dramáticas. En Lisboa, en la Nochebuena de 1995, sus hijos Carlos, Clarisse y Rui, que llevan quince años sin tratarse, reconstruyen también su pasado y su presente, cada uno condicionado por los traumas personales.

Todos los personajes esconden miserias y secretos inconfesables que van quedando al descubierto a lo largo de unos caóticos pero reveladores monólogos, que hay que leer como si se tratasen de informales composiciones poéticas -descubriendo audaces giros, sorprendentes imágenes, impresionantes enumeraciones ambientales-, y sin buscar coherentes explicaciones argumentales. Esto, lógicamente, dificulta la lectura, lo mismo que los obstáculos que se desprenden de una narración moralmente desoladora protagonizada por unos personajes a la deriva. Pero a pesar de todo esto, la novela es un inusual monumento estilístico.

Adolfo Torrecilla