En tierra inhumana

Acantilado. Barcelona (2008). 492 págs. 25 . Traducción: A. Rubió y J. Slawomirski.

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Para decirlo de un modo breve, nos encontramos ante uno de los libros de memorias más sobrecogedores que he tenido ocasión de leer uno en los últimos años. Hijo de una familia de aristócratas polacos, pintor lejanamente influido por Cézanne, escritor y soldado eventual durante ambas guerras mundiales, Józef Czapski (1896-1993) fue uno de los grandes testigos de la historia del siglo XX en su vertiente más trágica. En En tierra inhumana (1949) se nos narra los años de cautiverio del autor en las cárceles soviéticas y su papel posterior, como oficial del ejército polaco, en la búsqueda de los miles de prisioneros polacos repartidos por los distintos gulags de la Unión Soviética y de los cuales apenas lograron sobrevivir 395.

Escritas en una prosa minuciosa y de gran intensidad, Czapski narra lentamente el transcurrir de aquellos años terribles, recordando conversaciones con oficiales polacos, altos mandos soviéticos o campesinos rusos. El horror de la guerra y la crueldad stalinista aparecen en primer plano, así como la profunda falsedad del régimen soviético que convertía la realidad en una especie de sucedáneo de la propaganda. La pobreza, la hambruna incluso, en la que vivían los rusos, asombra a Czapski, al igual que la frialdad asesina con la que se cumplían las consignas de Stalin. Uno de los hechos sorprendentes que explica En tierra inhumana es que la gran mayoría del pueblo ruso deseaba en un primer momento la victoria alemana y que solo tras las barbaries cometidas por los nazis les dieron la espalda.

Czpaski lo narra todo con gran naturalidad, a veces sin ninguna otra intención que ir dejando anotado el día a día de su vida, sus encuentros o las historias que oye contar. El retrato que se obtiene es estremecedor: el pueblo condenado al hambre más atroz mientras que los altos dirigentes soviéticos nadan en la abundancia; el miedo a la delación; la falta de libertad cultural, religiosa, de opinión política; las torturas en los gulags; el espanto de Kolyma de donde nadie – o casi nadie- regresa.

Son emocionantes las escenas en que Czapski cuenta las horas que andaban bajo la nieve para poder acudir a misa -quizá había una iglesia en trescientos kilómetros a la redonda- o las ancianas que guardaban alguna vieja oración pergeñada en tinta invisible para poder recitarla en el momento de la muerte o unos cuantos ducados de oro, herencia de una abuela, escondidos en el cuello de la camisa o incrustrados en un mendrugo de pan. A su vez, sus encuentros con altos oficiales soviéticos o con parte de la intelectualidad rusa marcan un nitido contraste con la miseria reinante en el país. De este modo, ciñéndose a lo que ve, Czapski logra desenmascarar la maquinaria de la propaganda stalinista y ofrecernos un libro llamado a perdurar como una de las grandes crónicas de la barbarie humana.

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