En Marruecos

Pre-Textos. Valencia (2009). 214 págs. 20 €. Traducción: Mariano Peyrou.

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A Edith Wharton, como a tantos otros grandes viajeros -de Marco Polo a Bruce Chatwin, pasando por Kipling, Schwob, o Henry James-, le bastaban unas pocas pinceladas para trasladar a sus lectores la fascinación y el encanto de paisajes y tipos entonces inaccesibles y lejanos.

De su crucero a bordo del Vanadis, que la llevó por el Mediterráneo oriental en 1888, se ha dicho que representa una “odisea inaugural” en el género, y la misma cualidad podríamos atribuir a este otro periplo, realizado cuando aún no se habían universalizado las “banalidades y promiscuidades de la forma moderna de viajar”. En 1919, cuando Wharton publicó En Marruecos, aún no existía ninguna guía de viajes de este país, lo que añade interés informativo a una lectura que ya de por sí es una gozada por sus méritos estéticos.

Wharton parte de Algeciras en 1917, y, tres horas más tarde, se encuentra “en tierra firme, pisando una África casi desconocida”. Son tiempos difíciles: los submarinos alemanes vigilan el Estrecho y varias naciones -en particular, Francia y España- comparten y se disputan el control del país magrebí. Con su acostumbrada sutileza para percibir el cambio, la autora sostiene que, gracias a las carreteras y el ferrocarril, “dentro de unos años se conocerá mucho más que hoy del pasado de Marruecos, pero ese pasado estará mucho menos al alcance del viajero de lo que se encuentra hoy en día”. En efecto, y al revisar sus palabras una década más tarde con motivo de la segunda edición de la obra, registra que el imperio se ha convertido “en uno de los más populares y habituales destinos para viajar en invierno”.

Rabat, Salé, Mulay Idriss, Fez o Marrakech fueron algunas de las paradas de este itinerario narrado, en el que Wharton quiso incluir, además, varios apéndices sobre la historia, la arquitectura y las ceremonias del país, así como un elogioso capítulo sobre la labor llevada a cabo por el general Lyautey, administrador del protectorado francés, a quien Wharton dedicó la obra.

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