En el café de la juventud perdida

Anagrama. Barcelona (2008). 136 págs. 14,50 €. Traducción: María Teresa Gallego Urrutia.

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Patrick Modiano, hijo de un hombre de negocios judío y de una actriz belga, está considerado como uno de los grandes narradores franceses de nuestro tiempo, cuya obra ha recibido destacados galardones: Gran Premio de la Academia Francesa con Los bulevares periféricos (1971) y Premio Goncourt por La calle de las tiendas oscuras (1978), entre otros. Gran parte de sus primeras novelas abordan el periodo de la ocupación alemana hasta la década de los setenta. A esos libros siguieron los relatos del niño, adolescente y joven abandonado a una educación solitaria y atormentada por la desorientación.

En El café de la juventud perdida (2008), considerada por la revista Lire como la mejor novela francesa del año, retrata el París decadente de los años 60. El café Le Condé reúne a jóvenes poetas malditos, estudiantes fracasados y otros seres de la bohemia parisina. Pero Modiano detiene su vista en Louki, una enigmática mujer a la que presentan cuatro narradores distintos, alumbrando entre todos ellos la caleidoscópica vida, abocada al fracaso, de una mujer decadente, como el ambiente que frecuenta. Pero apenas interesan los apuntes argumentales de su vida, una vida a la deriva, por la que el lector puede llegar a sentir incluso ternura, y que Modiano describe muy bien: “En esa vida que, a veces, nos parece como un gran solar sin postes indicadores, en medio de todas las líneas de fuga y de los horizontes perdidos, nos gustaría dar con puntos de referencia, hacer algo así como un catastro para no tener ya esa impresión de navegar a la aventura”.

En ese sentido, no interesa la peripecia personal truncada de su protagonista (drogas, adulterio…), sino la magnífica evocación que Modiano consigue hacer del desolado ambiente de la bohemia parisina. Y lo consigue con una gran economía de recursos, con un tono despojado y directo, que refleja una realidad cercana a lo documental al tiempo que presenta una ficción sutil que nos atrapa. Escoge las palabras con talento, con delicadeza, aunque la realidad que ofrece tiene un fondo de amoralidad solo salvada por la compasión que producen la desorientación y la vaciedad de su protagonista, quien parece buscar la muerte como el final de su agonía.