El viento de la Luna

Seix Barral.
Barcelona (2006).
320 págs. 19 €.

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Regresa Muñoz Molina (Úbeda, 1956) al territorio narrativo de “El jinete polaco”, una de sus novelas más celebradas. La novela se ambienta en la imaginaria Mágina, trasunto de su Úbeda natal. La trama, que carece de argumento tradicional, evoca la vida de un adolescente en España a finales de los años sesenta. Como hilo conductor aparece la misión espacial que realizó el Apolo XI en 1969 y que culminó con la llegada del comandante Armstrong a la luna, sucesos que fascinan al protagonista. Muñoz Molina utiliza estos dos momentos -una adolescencia conflictiva y este episodio histórico- como la metáfora del nacimiento de una nueva época.

El protagonista ingresa en la adolescencia acompañado de los libros y del rechazo al mundo de los mayores. El joven se encuentra así en zona de nadie, lo que provoca el ensimismamiento y la ruptura con sus raíces. La narración está repleta de sensaciones, de recuerdos, de evocaciones realistas de un pasado muy concreto. El mundo que aparece es la España rural, con unas limitaciones culturales y sociales a las que hay que añadir las heridas de la guerra civil, que todavía no han cicatrizado y que condicionan las relaciones vecinales y las historias familiares.

Pero en la novela, sobre todo, hay una clara intención de denunciar el peso de la Iglesia católica en la educación de aquellos años. Para el autor, “en el fondo de la historia hay una defensa del pensamiento racional frente a la religión, la fantasía, los falsos consuelos de la irracionalidad”. Muñoz Molina proyecta en el adolescente, un claro trasunto de su biografía, sus opiniones actuales, en las que predomina la defensa de una izquierda ilustrada que considera la religión como un peligro para el pensamiento. Son muchos los pasajes del libro que presentan de manera negativa tanto la doctrina de la Iglesia como a los sacerdotes. La denuncia a lo católico se concreta de manera muy especial en la moral sexual, que el autor ridiculiza continuamente.

Muñoz Molina ambienta con acierto la novela, pues se palpa que está escribiendo sobre algo que ha vivido. En este sentido, resultan atrayentes los retratos de sus abuelos, padres y familiares y la presencia de pequeños detalles sociológicos que añaden verosimilitud a la narración, como la llegada de la televisión y la omnipresencia de la radio (las telenovelas y el consultorio de la señorita Francis). Sin embargo, estos logros estilísticos y ambientales se reducen a instrumentos del autor para mostrar una España uniforme, en blanco y negro, rancia. En la novela, las mañanas son siempre sombrías; la melancolía opresiva, abrumadora y amarga; la lujuria, obstinada y culpable.

El autor utiliza su pasado y sus recuerdos, su historia personal, para que destaque mejor la tópica moraleja social y política que quiere colocar: el triunfo de la razón sobre “los rezos y las supersticiones” de la religión.

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