El testigo

Juan Villoro

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Anagrama. Barcelona (2004). 472 págs. 20 €.

El último Premio Herralde de novela es una de esas obras representantes de la cara seria de la posmodernidad literaria. Paul Auster, Javier Marías, Enrique Vila-Matas son algunos de estos autores más exigentes que ensayan un tipo de novela congruente con el estadio histórico actual de la literatura, y a su lado, salvando algunas distancias, bien puede figurar el mexicano Juan Villoro, novelista y traductor.

Todos ellos comparten ciertas señas de identidad estética: argumento secundario y anodino, personajes directamente relacionados con la institución literaria (críticos, escritores, profesores, conferenciantes…), estilo cuidadísimo hasta el punto de inducir conscientemente a la confusión entre fondo y forma, discurso ensimismado con ribetes líricos, ambigüedad moral, metaficción… En resumen: parece como si se hubieran agotado los grandes temas y los escritores ya sólo pudieran hablar de la propia literatura. El peligro es evidente: les salen unos personajes y unas tramas inverosímiles, minoritarias, unas novelas que no cuentan sino sugieren la desorientación y la fragmentación del individuo en la sociedad posmoderna. Su seriedad consiste en el primor estilístico y en el fiel testimonio que ofrecen del ideario de fondo que gobierna (o desgobierna) el mundo de hoy.

“El testigo” narra el regreso de un profesor de literatura, Julio Valdivieso, a su México natal, una vez depuesto el régimen autoritario que forzó su exilio. La historia, ambientada en la contemporaneidad, avanza de forma elíptica, con un narrador omnisciente que cada poco da paso al estilo indirecto libre para reflejar las vacilaciones, recuerdos, evocaciones de la mente de Julio. El pasado asalta a Julio en cada esquina y le hace adoptar una actitud contemplativa y melancólica que lo sume en el desarraigo existencial.

La novela rememorativa tiene el riesgo de no atrapar al lector si éste no logra identificarse con el personaje principal, y eso es lo que ocurre en “El testigo”. La estructura argumental presenta elementos forzados e inverosímiles (un incesto con explicitudes bastante impúdicas, una trama criminal de narcotraficantes, un adulterio final…) que revelan la falta de equilibrio de la trama y una flagrante desorientación moral. A la novela le sobran páginas, aunque los personajes están bien construidos en su complejidad y el estilo es por momentos deslumbrante en sus metáforas y recursos léxicos (si bien los abundantes mexicanismos lastran la comprensión del lector extranjero).

Al cabo, esta obra descubre el tipo de literatura que premian algunos galardones más o menos independientes como el Herralde. Y el panorama no nos deja satisfechos.

Jorge Bustos Taúler