El té de Proust. Cuentos reunidos

Tusquets. Barcelona (2010). 336 págs. 20 €. Traducción: Joaquín Garrigós y Susana Vásquez.

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Deportado a un campo de concentración cuando contaba cinco años de edad y exiliado desde los cincuenta en Nueva York, el escritor rumano Norman Manea (1936) es uno de los más sutiles pensadores nacidos en esa Europa desarraigada que solo tras la caída del comunismo empezó a respirar.

Tusquets, que ya contaba en su catálogo con el volumen de relatos Felicidad obligatoria, ha reunido aquí la práctica totalidad de las narraciones breves de Manea, hasta un total de veintiséis. Quien se acerque a estos textos reconocerá los escenarios de pesadilla que les sirven de marco. La opresión y el miedo (“a las personas, a los piojos, a los uniformes o al hambre”) se repiten en distintas situaciones y crecen en el alma de unos personajes condenados a vivir bajo las varias máscaras que adoptaron los totalitarismos del siglo XX.

El primer relato, titulado paradójicamente Cuento color de rosa, refiere el tremebundo ataque militar a una ciudad, y es una descripción de ese horror abstracto, ciego e irrevocable que salpica a todos, tanto a invasores como a invadidos. En varias narraciones, ese horror se subraya porque la víctima, o su testigo, es un menor de edad, como sucede en La muerte, que se desarrolla en un campo de concentración en el que “había también juegos”. Y en todas el horror se ve intensificado por el carácter elusivo de un estilo que prefiere transmitir escalofríos antes que sobresaltos.

Sin duda, lo que cuenta Manea da miedo, pero, desgraciadamente, no estamos leyendo el guión de una película de terror. Es historia. Sus vivencias son las de un hombre que, como el orador de Las bodas, no supo lo que significaba la niñez y se alimentó del frío bajo el cielo de la guerra. Luego, llegaría la victoria, que no la paz; y los relatos que siguen nos presentan la supervivencia en una Rumanía que no tardaría en sucumbir a la dictadura y donde la privacidad era perseguida por los “chivatos” y los “securistas” de la policía política. Y, no obstante, la vida, con sus limitaciones, seguía su curso, y el deseo se imponía, tal como leemos en Educación sentimental.

En cierto modo, da la impresión de que Manea nos habla desde una cárcel, y las palabras que nos llegan son solo aquellas que han logrado filtrarse por las rejas o saltar las alambradas. No son cuentos fáciles, y al autor, voluntariamente impreciso, no le importa omitir el asidero del argumento para retratar emociones o exponer ideas, como en el comienzo de Noches de luna, que cierra el volumen: “La enfermedad de las palabras. Así se llamarían, según el doctor, los largos insomnios del exilio. Rebelde marea que aceleraba, bruscamente, el pulso del destierro nocturno”.

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