El sueño de Escipión

Javier García Sánchez

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Acento Editorial. Madrid (1998). 428 págs. 1.850 ptas.

Amílcar y Mario son dos adolescentes enemistados desde que llegaron a la escuela. Una mañana, el profesor de historia les invita a participar en una obra de teatro que está escribiendo y que se representará a final de curso. En ella, Amílcar dará cuerpo al personaje de Aníbal y Mario a Publio Cornelio Scipio, Africanus. Durante lo que queda de curso, ellos y sus respectivas pandillas deberán preparar la representación, en la que un grupo vestirá las capas azules de los oficiales cartagineses y otro los penachos rojos de la infantería republicana.

Al aceptar el reto, Mario experimentará cómo los reveses y victorias de aquella contienda se repiten en su vida personal, incluso en el terreno amoroso, con la disputa por Melisa, el amor imposible de ambos rivales (a la hora de referirse a estos amores, el autor describe minuciosamente un apasionado magreo entre Melisa y Mario, tan innecesario como premeditado). Superponiendo planos temporales y anécdotas escolares, Javier García Sánchez consigue que los desastres de Trasimeno o Cannas, y las reacciones de Cartago Nova o Metauro se reproduzcan microscópicamente en las relaciones de poder dentro del aula y en la propia existencia personal de los muchachos. En vísperas del estreno, los actores principales ya han comprendido que el reiterado enfrentamiento entre Oriente y Occidente, entre Asia y Europa, entre Roma y Cartago, es una historia que se repite siempre, aunque sea reducida a las exiguas dimensiones del choque entre dos caracteres.

Con mano firme, Javier García Sánchez, el autor de Alpe d’Huez y La dama del viento Sur, conduce el relato hacia un desenlace poco previsible, con doble o triple final.

García Sánchez acierta también a la hora de contrarrestar el habla malsonante de los matones escolares con la magnífica retórica de Cicerón y con fragmentos inolvidables de Tito Livio y Macrobio; sabe, también, transmitir al lector la tensión de algunos enfrentamientos. Sin embargo, y como es habitual en su narrativa de adultos, abusa de una morosidad que se traduce en un abultado número de páginas, obstáculo que puede desanimar a los potenciales juveniles lectores.

Rafael Díaz Riera