El sindicato de policía yiddish

Mondadori. Barcelona (2008). 432 págs. 21,90 . Traducción: Javier Calvo.

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Aunque no sobrepasa la cuarentena, Michael Chabon es uno de los escritores más sobresalientes de las letras norteamericanas. Un deslumbrante debut con Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay mereció el Pulitzer y convirtió a su joven autor en una celebridad nacional. Ha escrito media docena de novelas, en las que hace gala de su originalidad argumental y, sobre todo, de su brillante manejo del lenguaje, que en sus manos chispea como una bengala.

El sindicato de policía yiddish es un homenaje a la tradición judía a la que pertenece el propio autor, y a la vez a ese género longevo y versátil de la novela negra. Con un estilo que recuerda mucho a Chandler en el lenguaje -brusco pero rico, plagado de ironías, hipérboles y ajustadísimas descripciones- y en los personajes -sentimentalidad camuflada de dureza-, la novela desgrana una trama compleja que empieza con un yonqui judío y genio del ajedrez muerto en una cama de un hotel barato, y acaba desplegando una conspiración sionista internacional en la que está implicado el propio gobierno de Estados Unidos.

Chabon contextualiza su argumento con un ejercicio de historia-ficción: imagina que el Estado de Israel nunca llegó a fundarse y que los judíos europeos tuvieron que colonizar en Alaska el ficticio distrito de Sitka, al cual los EE.UU. conceden un estatuto temporal que toca a su fin cuando se produce el asesinato del ajedrecista.

La comunidad de Sitka es un microcosmos equivalente al Los Angeles de Marlowe, por donde pululan mafias judías laicas, colonias ortodoxas radicales, detectives escépticos y soplones de vida sórdida. Todos allí son judíos, y el héroe es Landsman, un exponente más del arquetipo literario del detective instituido por los fundadores del género negro, pero pasado por el original tamiz de la cultura judía. Landsman se debate entre las escasas satisfacciones de una carrera ya en decadencia y su doloroso fracaso matrimonial. Precisamente su ex mujer, Bina, acaba siendo su oficial superior en el caso, lo que precipitará una trabajosa y simpática reconciliación.

Chabon es consciente de la dificultad de cultivar un género tan revisitado y elige la senda del manierismo: exagera los rasgos arquetípicos -sobre todo los diálogos, muy tarantinescos- y construye situaciones artificiosas, muy pulp, con resuelto desparpajo. No le interesa tanto la verosimilitud de la trama como el efectismo barroco de su mejor recurso: el estilo. Eso hace que la novela acuse bajadas de tensión dramática -lo que jamás sucede con su maestro Chandler-, pero lo compensa con ese don expresivo que bastaría para justificar una carrera literaria.

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