El silencio del aviador

TÍTULO ORIGINALLa Rançon

GÉNERO

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Funambulista. Madrid (2005). 187 págs. 15,98 €. Traducción: Ramón Villardell.

A los 18 años, Paul Notomb (Bruselas, 1913) se alista en el ejército del aire; después ingresa en el Partido Comunista con la intención de enrolarse en una escuadrilla de voluntarios internacionales, liderada por el escritor francés André Malraux, que ayudó a los republicanos en la guerra civil española. Posteriormente trabajó en la resistencia de su país contra los nazis y fue detenido por la Gestapo. Estos hechos los convirtió en el argumento de varias novelas publicadas en Francia con el pseudónimo de Julien Segnaire.

A partir de 1962, comienza una “segunda existencia” en la que se dedica al estudio y la publicación de ensayos semánticos sobre la Biblia. En la actualidad vive en una residencia cercana a París.

“El silencio del aviador” es una novela con aire autobiográfico que protagoniza el piloto belga Atrier, miembro de una escuadrilla de brigadistas internacionales en la guerra civil española.

Sin embargo, sobre él recae la sospecha de ser un fascista por sus antecedentes. Toda la novela, que se desarrolla en poco tiempo y con la acción propia de un grupo militar de actuación rápida, se escribe entre diálogos apenas terminados, decisiones impelidas por la necesidad, una buena dosis de sospechosas suspicacias doctrinarias y la entereza y lealtad del jefe de la escuadrilla, un lacónico francés, personaje que remeda a Malraux.

En la novela no hay nombres, sólo apellidos; los personajes están y trabajan juntos, pero no forman una unidad, incluso sus ideales tampoco parecen los mismos; sólo una vaga idea de libertad y revolución social mueven las historias de cada uno.

Hay algo existencialista en el fondo del relato, que recuerda a Camus. Lo mismo que las acciones bélicas aéreas, magníficas por su tensión y rica expresividad, recuerdan “Vuelo nocturno” de Antoine de Saint-Exupéry.

Una novela interesante, de momentos de acción especialmente bellos, otros que hacen reflexionar y algunos diálogos difíciles de entender, quizá por el laconismo o quizá por el propio aislamiento interior de unos personajes demasiado solitarios a pesar de su cercanía grupal.

Ángel García Prieto

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