El silencio de los árboles

TÍTULO ORIGINALEl silenci dels arbres

GÉNERO

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Alianza. Madrid (2003). 145 págs. 11 €. . Traducción: Ramón Minguillón.

Eduard Márquez (Barcelona, 1960) es autor de poesía, literatura infantil y narrativa; habitualmente escribe en catalán. Ha publicado numerosos títulos de narrativa para los chicos y tiene otra novela -Cinco noches de febrero- traducida y editada recientemente.

El silencio de los árboles recrea de alguna manera el mito de Orfeo, que desciende al infierno en la búsqueda del amor armado con el poder de la música para conquistar a la bella Eurídice. En este relato la música es la protagonista sublime, aunque los personajes que viven la historia son el famoso violinista Andreas Hymmer, que llega a su ciudad natal -que recuerda a Sarajevo-, sitiada y hostigada por bombardeos y francotiradores, para dar un concierto y reencontrase con Amela Jensen, su amor perdido. Trae una carta de Ernest Bolsi, un luthier que puede servirle para reconstruir la misteriosa desaparición de su madre, Sophie Kesner, también famosa violinista.

Estos cuatro personajes, con un juego continuo del tiempo entre lo actual y la retrospección, logran mantener la tensión y la espera en un final quizá no tan coincidente con el mito de Orfeo. Las frecuentes referencias a la música son muy sugestivas, con momentos de un fascinante acento lírico. Por otro lado, en el ambiente tan dramático de una ciudad -que hace pensar en Sarajevo- llena de calamidades y muertes de la guerra, surgen las esperanzas y la fuerza del ser humano para seguir adelante. El entrañable Ernest Bolsi hace de guía en el semidestruido museo de música y cuenta bellísimas historias a un grupo de ciudadanos que acuden a beber esos ratos de esperanza, que luego trasladan en las cartas que escriben a sus familiares y amigos libres en el exterior.

El silencio de los árboles es, pues, un canto y una parábola del poder de la esperanza humana, que encuentra en el arte, la memoria y la imaginación, la fuerza para poder subsistir entre calamidades y levantarse entre ruinas.

Ángel García Prieto