Al comienzo de El retiro hay una decisión sorprendente, que se irá entendiendo –aunque siempre con un velo de misterio– en el desarrollo posterior: la protagonista y narradora (lo que leemos son sus anotaciones en una especie de diario), que ha dedicado su vida a la conservación de especies en peligro de extinción y que acaba de separarse, abandona su activismo por la quietud de una pequeña comunidad de monjas perdida en medio de la nada. Lo que no ha abandonado es su increencia religiosa, aunque con el paso del tiempo va aprendiendo a apreciar los ritmos y las virtudes de esa forma de vida: la cadenciosa repetición de rezos, el silencio, el abandono, el cuidado de la tierra y de los demás.
Con todo, la comunidad no es una balsa de aceite. Hay remordimientos, envidias, pequeñas frustraciones… Dos hechos agitan las aguas de manera especial. Por un lado, una plaga de ratones que va en aumento y que nadie sabe cómo parar. Pese a que la autora nunca hace explícita la conexión –hay una voluntad antisimbolista y antididáctica en toda la novela–, los ratones recuerdan la contumacia con que la vida exterior roe incansablemente la interior.
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El otro evento es la llegada a la comunidad de una monja bastante sui generis, considerada heterodoxa en muchos ambientes y dedicada en cuerpo y alma a la defensa de causas ecológicas y sociales, tanto que apenas le dejan tiempo para rezar. Con ella trae, además, un “objeto” que ejemplifica, una vez más, la tensión entre la vida contemplativa y la activa.
Esta monja, por la que la protagonista alberga un vivo sentimiento de culpa debido a algunos sucesos de la infancia, irá cobrando protagonismo en la historia. Su vida presente, y también su pasado, son como un espejo donde el resto de personajes no puede dejar de mirarse, aunque algunos hagan todo por evitarlo. También emergen, con el paso de las páginas, otras dos figuras importantes en la historia: la madre de la protagonista y la de la monja “rebelde”. Ambas han dejado una profunda huella en sus hijas (los padres, y en general los personajes masculinos de la obra, son más bien intrascendentes).
El retiro es una buena novela sobre las heridas del pasado, sobre la maternidad, sobre la culpa y el derecho o deber de perdonar. El desenvolvimiento de la historia está bien conseguido, y el estilo de la prosa, que huye de todo efectismo, tiene gran fuerza expresiva. La visión de la religión no es negativa, pero está limitada por la perspectiva distante de la narradora, cuyo escepticismo, que en parte parece debido el desencanto con el mundo y consigo misma, le impide adentrarse en la trascendencia y el misterio.