El Pentateuco de Isaac

Libros del Asteroide. Barcelona (2008). 320 págs. 18,95 €. Traducción: Liliana Tabákova.

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Ya anciano, el judío Itzik Blumenfeld, residente en Viena, decide contar su ajetreada vida. La narración comienza cuando cumple dieciocho años. Primero describe su vida en Kolodetz (una aldea de Galitzia), sus padres, las costumbres judías, su primer amor… Estamos en plena Primera Guerra Mundial y es llamado a filas. Pero no llega a entrar en acción, pues la guerra acaba pronto y con ella el fin del Imperio Austrohúngaro. “Te desternillarás de la risa, pero me fui a la guerra como austrohúngaro y regresé a casa como polaco”.

De vuelta en Kolodetz, contrae matrimonio con la hermana del rabino, Jaribi Samuel Bendavid, personaje que le acompañará en su agitado periplo. Tiene tres hijos y se dedica al negocio familiar (una sastrería). Sin embargo, la política europea vive momentos convulsos, Hitler ha tomado el poder en Alemania y los rusos han recobrado sus ansias de anexionarse Polonia. Así sucede. Itzik es ahora ciudadano ruso y es nuevamente llamado a filas.

Está claro que tanto movimiento tiene un sentido en la novela, pues Wagenstein utiliza la vida de Itzik como una parábola de los cambios y desastres que vivió Europa en aquellos años. Luego Itzik fue deportado a Berlín, estuvo en un campo de concentración alemán, regresó a Viena tras la guerra y fue nuevamente detenido por las tropas rusas y condenado a unos años de trabajos forzados en Siberia.

El argumento está un tanto forzado para que Itzik recorra todas las estaciones de lo peor de la historia europea, sin que le falte por vivir ninguna experiencia, desde el campo de concentración alemán hasta el gulag ruso. Sin embargo, Itzik no analiza los hechos ni aprovecha los hechos para elaborar un discurso político. Él se limita a contar su experiencia personal, intentando en todo momento sobrellevar con una cierta dignidad tanta desgracia acumulada. El hecho de ser judío marca su carácter y el tono de la narración, salpicada constantemente de anécdotas y chistes judíos con los que se quiere describir la idiosincrasia de su pueblo y retratar también, en clave de humor, su bíblica resignación.

Itzik no es ejemplo ni modelo de nada; lo suyo es sobrevivir en unas circunstancias muy adversas, sin heroísmos de ningún tipo. Judío respetuoso con las tradiciones, duda en algunos momentos, se siente desorientado, no sabe cómo interpretar religiosamente lo que le está sucediendo y también saca partido a esos dramáticos momentos, donde la moral se acomoda a las circunstancias. Este tono un tanto pícaro y simple pero repleto de sentido común es lo más atrayente de la narración. El autor, el cineasta búlgaro Wagenstein (1922), carga ahí las tintas para diferenciarse de relatos similares que hablan de la desintegración del Imperio Austrohúngaro y las dictaduras nazi y soviética con un tono mucho más ácido, trágico y desesperanzado.

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