El ojo de la patria

Osvaldo Soriano

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Mondadori. Barcelona (1993). 224 págs. 1.500 ptas.

Osvaldo Soriano (Mar de Plata, 1944) publicó su primera novela -Triste, solitario y final- en 1973. En ella, retomaba el personaje creado por Raymond Chandler, el detective Marlowe, para parodiar la novela negra y el mundo del cine de Hollywood, al que hacía alusión a través de personalidades famosas. Una visión igualmente irónica, aunque más dolorosa, recoge el clima violento de la Argentina de finales de los años 70 en sus dos siguientes novelas, No habrá más penas ni olvido y Cuarteles de invierno.

Un tono similar preside la escritura de esta novela. El protagonista, Carré -que toma su apellido del más célebre de los escritores de novelas de espionaje- es un agente argentino en París. Ha caído el muro de Berlín y el mundo de los agentes secretos está conmocionado. Nadie sabe con certeza para quién o para qué trabaja. Pero no por ello la actividad deja de ser desenfrenada. Al contrario: a lo largo de la novela asistimos al vértigo de acontecimientos en que se ve envuelto Carré al intentar llevar a cabo una difícil misión en la que nada ni nadie es lo que parece.

En toda su producción Osvaldo Soriano se muestra como un agudo observador de la realidad cotidiana con la que fabula para crear, con gran habilidad y viveza, situaciones imaginarias a las que incorpora continuas referencias del mundo cultural contemporáneo. Así, en El ojo de la patria desfilan las máscaras de Bob Marley, Michael Jackson o Madonna, y algunos jóvenes rinden homenaje al cantante Jim Morrison en un cementerio de París, mientras pasan de largo ante las lápidas de Chopin, Oscar Wilde o Balzac.

Con estilo claro, sencillo y lleno de ritmo -no en vano dos de sus novelas han sido llevadas al cine- Osvaldo Soriano ofrece una divertida visión del mundo del espionaje, en la que sólo el sentido del humor del autor salva la amargura de un personaje que busca en vano su propia identidad. Él -asegura el protagonista- será “el ojo de la patria en las puertas del infierno”, pero en realidad no pasa de ser “un eslabón de una larga cadena invisible” en la que todos, obedeciendo a no se sabe bien qué intereses, son presuntos amigos y enemigos.

Begoña Lozano Carbayo

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