El misterio de la vela doblada

Ediciones del Viento. La Coruña (2009). 240 págs. 13,50 €. Traducción: María Luisa Vilariño Durán.

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Entre los prefiguradores de la moderna novela negra, Edgar Wallace (Londres, 1875-Hollywood 1932), supone un paso más que el patriarca Conan Doyle, aunque aún está lejos de las innovaciones estilísticas y temáticas que trajo el verdadero refundador del género, Dashiell Hammett. Wallace, conocido también por ser el guionista de King Kong, cambió el modelo del detective agudo por el de policía irónico, y con eso abrió la puerta a los diálogos ingeniosos y punzantes que harían famosos a Spade y a Marlowe.

T.X. Meredith, joven y ambicioso subinspector de Scotland Yard, debe poner en juego toda su perspicacia para salvar a su amigo John Lexman, famoso escritor de novelas de misterio, de una falsa acusación de asesinato. Desde el principio, el multimillonario y atractivo magnate griego Remington Kara se perfila como el verdadero asesino, aunque luego el asunto se complica con nuevos crímenes…

El misterio de la vela doblada data de 1916, y su factura revela el estadio casi adolescente del género. Después de leer a Chandler o a los maestros posteriores, la trama de esta novela se nos antoja de una ingenuidad casi conmovedora -es una novela de buenos y malos, sin matices-, aunque la estructura está bien trabada. Wallace no se obsesiona con la verosimilitud ni le preocupa el propósito de denuncia que enriquece las obras cumbres del género en el siglo XX: su objetivo es sobre todo entretener, desconcertar al lector con un enredo artificioso y con esos ribetes de exotismo que recuerdan aún a la Christie. Y lo consigue porque, con todo, se trata de una obra correcta, limpia de digresiones, que atrapa al lector pronto y hasta el final, aunque este se sonría a veces ante la inocencia literaria del viejo molde. El inspector protagonista ya tiene ese sarcasmo irreverente que luego dará tan buenos resultados, aunque extrañamos el uso de la primera persona -que tantas posibilidades expresivas ofrece- en vez del escueto narrador omnisciente.