El mar no baña Nápoles

Minúscula. Barcelona (2008). 223 págs. 16 €. Traducción de Francesc Miratvilles

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La italiana Anna Maria Ortese (1914-1998) se consideró a sí misma como mujer nómada y atribulada. Su primer libro, Angelici dolore, se publicó en 1937. En español se han editado seis de sus obras; con El mar no baña Nápoles consiguió en 1953 el Premio Viareggio.

En el preámbulo y en el epílogo de la actual edición, firmado en abril de 1994, la autora manifiesta que había escrito cuarenta años atrás estos cinco relatos movida por “la intolerabilidad de la realidad”, sentimiento que la angustiaba entonces. Con esta actitud, escribió este libro, en el que Nápoles y el grupo de autores Sud -con el que se relacionaba entonces- no quedaron muy bien parados. Nápoles es descrita con toda la decrepitud y los desconchones físicos y morales que dejaron las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Y Sud, el grupo literario, es interpretado también a través de la “neurosis” de su malestar vital.

Todo está contado con gran belleza, soltura y rotundidad, pero con la dureza de ese panorama externo y físico de una Nápoles herida de guerra y de unos personajes también mortificados que parecen sobrevivir sin demasiada esperanza en algo mejor. Como sucede en Unas gafas, donde una niña cegata espera el caro regalo de su tía para poder ver con nitidez la realidad; o en la magnífica -y también durísima- descripción del ambiente y los sentimientos de la solterona Anastasia ante el regreso de un antiguo novio a su círculo familiar, en Interior familiar. Oro en Forcella es un cuento de picaresca en una oficina de empeños, y la Ciudad imposible parece una fantasmagórica visión de la oscura realidad de posguerra en los Granilli, antiguas edificaciones cuartelarias borbónicas convertidas en alojamientos para familias pobres. El libro acaba con El silencio de la razón, relato que describe la evolución de sus compañeros de letras en Nápoles, ciudad que es como “una colada de lava, hecha de pus y dólares”.

Cuentos duros, sombríos, que transmiten un testimonio no desquiciado, pero sí amargo, de esa “intolerabilidad de la realidad” que, para Ortese, tiene también un matiz desesperanzado

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