El lubricán

Blanca García Valdecasas

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Grupo Libro 88. Madrid (1993). 380 págs. 2.100 ptas.

A Blanca García Valdecasas le han tratado muy bien los premios. Ganó el Fastenrath de la Real Academia Española con su primera obra, La Puerta de los Sueños. En 1986 publicó Clara de ninguna parte, y al año siguiente, su novela Por donde sale el sol obtuvo el Premio Internacional Plaza & Janés. También en 1987, ganó el Premio Hucha de Oro de cuentos. Para no desmerecer, su última novela, El lubricán, ha merecido el Premio Gaspar Gómez de la Serna, que otorga el Ayuntamiento de Madrid.

Lubricán es sinónimo de crepúsculo, y hace referencia a esa dudosa claridad del atardecer en la que los pastores no saben distinguir a los lobos de los perros. La novela se inicia, en efecto, con un crepúsculo: el que afrontan en 1986 las vidas de seis hombres y mujeres unidos por la amistad desde hace tres decenios. Los seis amigos viven en Madrid, y son de clase media-alta, de formación cristiana y monárquicos militantes. Esas vidas entrecruzadas serán mostradas en un largo flash-back, que incluye también la evolución de la propia sociedad española en esos años.

Para mostrar esta evolución, la autora cambia continuamente de perspectiva, adoptando en cada capítulo el punto de vista del personaje que lo protagoniza. Esta sugestiva estructura narrativa y un estilo conciso y colorista, de gran expansión lírica, dan a la novela una gran entidad literaria. A veces, la puntuación es discutible. Aparecen algunas expresiones hispanoamericanas, herencia quizás de la profunda vinculación de la autora con la cultura chilena.

Las ponderadas críticas político-sociales que incluye la novela se hacen desde una perspectiva monárquica y cristiana, que contrasta con la avalancha de acercamientos literarios izquierdistas a la historia reciente de España. Blanca García Valdecasas no carga la mano en sus ataques al régimen franquista, ni se deja llevar por superficiales lugares comunes, con lo que el relato gana en verosimilitud. Para impulsar la acción, introduce también en la trama supuestos enigmas históricos, como el que pone en duda la autoría oficial del famoso testamento político de Franco.

La autora adopta un tono introspectivo, más de pensamientos que de diálogos o acción, con el que cala muy hondo en sus personajes. No obstante, empaña su mirada un cierto desencanto respecto a la condición humana, que adquiere acentos desgarradores cuando enfoca las consecuencias trágicas de la infidelidad matrimonial, la mala educación de los hijos, el permisivismo sexual o el vaciamiento religioso de la sociedad española.

Esta mirada resulta a veces excesivamente pesimista y cruda. De todos modos, las sombras se compensan con luminosos contrapuntos, en los que la autora muestra su admiración hacia la solidez moral de las familias estables, de los esposos fieles, coherentes con sus ideales y leales con sus amigos. Aunque quizás muestra estos modelos desde un poco lejos, como si su felicidad no fuera asequible para todos los mortales. En cierto modo, la autora quiere compartir con algunos de sus personajes la angustiosa perplejidad que los domina. Menos mal que, para cerrar las heridas más sangrantes, están esas balsámicas “delicadezas de la amistad”; una amistad que, por encima de separaciones, errores y muertes, “era, seguía siendo, lo más fuerte”.

Jerónimo José Martín

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