El hombre que sabía demasiado

Acantilado. Barcelona (2007). 236 págs. 17€. Traducción: J. Martín Lloret.

Este libro, que no tiene relación con las películas de Hitchcock del mismo nombre, contiene ocho relatos protagonizados por Horne Fisher, una especie de aristócrata detective, indolente y somnoliento, excepto cuando su inteligencia entra en acción. Aunque cada caso es independiente de los demás, es mejor una lectura de conjunto, pues así se dibuja de modo más completo la personalidad de Fisher. En cada uno debe hacer frente a un “adversario” de distinto tipo -un financiero, un político, un aristócrata, un militar, un funcionario…-; su amigo el periodista Harold March aprende cosas a lo largo de las aventuras que comparten juntos; el primero de los casos plantea una pregunta que se contesta en el último; y en esta última narración se da una importante clave para comprender tanto la conducta previa del protagonista como el mensaje que desea transmitir Chesterton.

Todos los relatos tratan básicamente de los manejos turbios y oscuros de financieros arribistas por un lado, y el comportamiento delictivo de políticos, aristócratas y funcionarios para defender sus intereses. Fisher conoce todo eso, lo desvela, y al final lo ha de dejar como estaba: no sólo es que si dijera la verdad el gobierno se hundiría, sino que Fisher pertenece a la misma clase social que los culpables, e incluso algunos son de su familia y sus amigos, e incluso pueden tener buenos motivos para los crímenes que cometen, e incluso el culpable puede ser él mismo…

En varias ocasiones, como en El pozo sin fondo, el protagonista muestra su desazón por lo que sabe: “El lado sórdido de las cosas, los motivos secretos, los móviles corrompidos, el soborno y el chantaje al que llaman política”. Eso sí, cuando en La venganza de la estatua el idealista Harold March le hace notar su complicidad con esos comportamientos que dice rechazar, Fisher también tiene algo que alegar: “Nunca se conoce lo mejor de un hombre hasta que no se conoce lo peor. (…) Incluso en un palacio se puede llevar una vida recta e incluso en el Parlamento se puede vivir haciendo algún que otro esfuerzo por vivir rectamente. (…) Sólo Dios sabe lo que es capaz de soportar la conciencia, o hasta qué punto un hombre que ha perdido el honor intentará salvar su alma”.

En algunos relatos se habla de que ciertos financieros de origen judío controlaban a los gobernantes de Inglaterra. Estas referencias, histéricamente agitadas, han servido a veces para ponerle a Chesterton la etiqueta de antisemita. En realidad, su objetivo es enfrentarse a un cosmopolitismo que no sabe de amor a la propia nación y exponer un concepto del patriotismo como “la última de las virtudes”: hay hombres que pueden ser capaces de estafar o seducir pero nunca venderían a su país…

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