El hombre que fue jueves: una pesadilla

Alianza. Madrid (2007). 202 págs. 10 €. Traducción: Alicia Bleiberg Muñiz.

Esta extraña novela policiaca, en la que al final no hay ni delincuente ni delito, se considera la más famosa del autor. Sin duda, motivos hay: por un lado abundan en ella las frases para esculpir y tiene muchas escenas logradísimas -la persecución del anciano profesor De Worms a Gabriel Syme, por ejemplo-; por otro, podemos dar la razón al mexicano Alfonso Reyes cuando, en un prólogo que le puso, la califica de novela policiaca-metafísica y la encuadra también en un “género típico de la lengua inglesa: la aventura enigmática, la aventura donde el sentimiento ha de vibrar pero donde la razón ha de dar de sí continuos recursos…”.

A la vez, también es cierto que a ella se le puede aplicar lo que Chesterton decía en su autobiografía, cuando enjuiciaba su trabajo como novelista y afirmaba que había echado a perder buen número de ideas excelentes. Y es que si una buena idea puede dar lugar a un buen relato corto, no sucede lo mismo con una novela más larga que, sobre todo, ha de tener personajes reales y vida real: El hombre que fue jueves es un disfrute intelectual continuo, pero no se puede acudir a ella igual que a una novela de Tolstoi.

El protagonista es un poeta detective de nombre Gabriel Syme, que se introduce en un círculo anarquista formado por siete hombres y presidido por el misterioso Domingo. En él cada miembro tiene como nombre clave un día de la semana y a Syme le asignan el de Jueves. Poco a poco descubre que todos los demás son policías infiltrados como él, también han sido reclutados por un hombre misterioso, e igualmente desean averiguar quién es en realidad Domingo. En busca de la respuesta, la novela va de revelación en revelación: quién es quién, cuáles son los motivos de queja de cada uno, e incluso, al final, el motivo por el que han recibido un nombre de la semana y no otro.

Chesterton busca que veamos la vida como una novela policiaca en la que no hay misterio más misterioso que la misma Creación. Desea también que descubramos la belleza de todo lo viviente, algo que Syme percibe con toda su intensidad cuando está combatiendo en un duelo.

También le interesa centrar al lector en el núcleo del problema y, para eso, del mismo modo que Dios da una contestación elusiva sobre sí mismo a Job y a sus amigos, pondrá en boca de Domingo una respuesta igual de desafiante: “Podrán ustedes comprender el mar y yo seguiré siendo un enigma; sabrán qué son las estrellas y no sabrán qué soy yo. Desde el comienzo del mundo todos los hombres me han perseguido como a un lobo: reyes y sabios, poetas y legisladores, todas las iglesias y todos los filósofos”. Al final, tanto Syme como sus compañeros reconocerán que todo el secreto del mundo está en que sólo conocemos su espalda, en que “lo vemos todo por detrás y todo parece brutal”.

Quien haya leído a Chesterton antes reconocerá ideas recurrentes de sus otros libros en los sucesivos diálogos. Una que se formula con particular brillantez aquí está en boca del inspector Ratcliffe: “Los pobres han sido rebeldes, pero nunca han sido anarquistas: tienen más interés que nadie en que haya algún tipo de gobierno decente. El hombre pobre se juega mucho en su país; el rico no, puede irse a Nueva Guinea en un yate. Los pobres, a veces, han objetado a ser mal gobernados; los ricos siempre han objetado a ser gobernados de cualquier manera”. Son los aristócratas quienes “siempre han sido anarquistas, como se puede ver por las guerras feudales”.

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