El halcón peregrino

TÍTULO ORIGINALThe Pilgrim Hawk

GÉNERO

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Lumen. Barcelona (2004). 136 págs. 14 €. Traducción: Toni Hill.

El norteamericano Glenway Wescott (1901-1987) fue poeta, ensayista, novelista y figura relevante en los ambientes literarios y artísticos, tanto en Europa como en Estados Unidos, durante los años treinta y cuarenta. Como escritor podría asimilársele a la famosa generación perdida de Hemingway y Scott Fitzgerald, en forma al menos epigonal, aunque su obra ha pasado relativamente desapercibida en el panorama crítico internacional hasta ser recuperado hace unos años en EE.UU. La escasez de su producción novelística tuvo quizá que ver en este olvido, pues tras un prometedor comienzo y tres novelas abandonó misteriosamente la ficción para vivir el resto de sus días de la publicación de ensayos y artículos periodísticos. Ahora Lumen descubre a este valioso escritor con la edición de El halcón peregrino, brillantemente prologado por Michael Cunningham, quien no duda en situar la novela a la altura de El gran Gatsby, El buen soldado de Ford Madox Ford o Los papeles de Aspern de Henry James.

En efecto, también esta novela corta aborda el tema de la desastrosa pasión amorosa narrada por alguien externo a ella que actúa de fino observador y cronista de los hechos al tiempo que participa en la trama y, como narrador-testigo, deja ver al lector sólo lo que interesa que vea. La acción transcurre en una sola tarde de verano a finales de los años veinte en una lujosa casa de campo francesa, cuya propietaria, una joven heredera norteamericana llamada Alexandra Henry, hospeda a su compatriota Alwyn Tower, el narrador del libro. Esa tarde ambos reciben la visita de los Cullen, un adinerado matrimonio irlandés que se halla de camino a Budapest en uno de sus superfluos viajes a bordo de un Daimler conducido por su joven chófer Ricketts.

La trama, como se puede apreciar, parece de una inocua levedad, pero el lector se da cuenta en seguida de que está ante una pieza de teatro de salón, un melodrama chejoviano en el que los hechos aparentemente anodinos encierran revelaciones y los caracteres de los personajes están cuidadosamente perfilados a fin de producir el choque psicológico final, todo ello con la sutileza de un Henry James.

Esta novelita es un prodigio de construcción formal y de profundidad psicológica: los papeles de cada personaje se van ensamblando a la perfección para desembocar en la revelación del desastre, inexorable porque mana precisamente de la naturaleza de sus psicologías, quedando así desbordado el arquetipo en virtud de una problemática interior compleja que rehúye el recurso artificioso a esos acontecimientos extraordinarios que las malas novelas necesitan para avanzar. Pero además, el símbolo del halcón, la metáfora más sugestiva de la novela, se corresponde también con el modo de expresión del narrador, cuya mirada tiene la precisión de la poesía en cada matiz.

Jorge Bustos Táuler