El estilo de Katherine Paterson

La norteamericana Katherine Paterson ha sido galardonada con el Premio Astrid Lindgren, con el que el gobierno sueco recompensa la mejor obra de literatura infantil. Paterson es una de las más destacadas escritoras de literatura infantil y juvenil (LIJ) de las últimas décadas. Entre la docena larga de novelas realistas que componen su producción y que, según criterios editoriales, van dirigidas a un público preadolescente o adolescente, ha escrito varias de inusual categoría.

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Katherine Paterson nació en 1932 en Tsing-Tsiang Pu, en la provincia de Jiangsu (China). Sus padres, misioneros de la Iglesia presbiteriana, volvieron a EE.UU. cuando en 1937 estalló la guerra entre China y Japón y, en busca de una vivienda estable, recorrieron distintos estados. Pasado el tiempo se graduó en Inglés, fue profesora en un colegio rural un año y cursó estudios bíblicos durante dos años en Richmond (Virginia). Después fue cuatro años misionera en Japón. De regreso en los EE.UU. para obtener un máster en estudios bíblicos, se casó en 1962 con un pastor presbiteriano. Ha tenido cuatro hijos (dos adoptados) y actualmente tiene varios nietos.

Las dificultades de crecer

Su primer libro fue un texto para jóvenes sobre cuestiones religiosas, encargado por la Iglesia presbiteriana. Después publicó tres novelas situadas en el Japón antiguo que la revelaron como una buena narradora, rigurosa en su trabajo de ambientación y capaz de mostrar de modo convincente problemas de maduración de un protagonista joven. Esa temática, de chicos y chicas a la hora de hacer frente a las “dificultades de crecer”, es la de sus demás novelas: la de las tres siguientes, “Un puente hasta Terabithia”, “La gran Gilly Hopkins” y “Amé a Jacob”, que son las mejores y las que la han consagrado como una escritora excepcional, y las de novelas posteriores, todas realistas y algunas de las cuales se desarrollan en siglos pasados.

Siendo ya conocida ha publicado varios libros para chicos más pequeños, ensayos sobre LIJ que han sido recogidos en “The Invisible Child”, y libros de carácter religioso como “Images of God” y “Consider the Lilies”, escritos conjuntamente con su marido. Ha recibido varias veces los premios más importantes de su país y también el internacional Premio Andersen por el conjunto de su obra en 1998.

Más de una vez, Paterson ha manifestado que, para ella, no hay nada más importante que su fe cristiana y que, por eso, le importa mucho el juicio que sus obras merecen a quienes comparten su fe. Al mismo tiempo ha debido aclarar que, tal como ella ve las cosas, no todos los personajes de un libro deben ser un ejemplo para los niños, como en la Biblia muchos héroes no lo son, y que un escritor ha de ser completamente honrado con los personajes que dibuja, del mismo modo que lo intentan ser los escritores de la Biblia. Entre otras cosas gracias a eso, dice, sus escritos tienen verdadera fuerza y pueden ayudarnos.

Las intenciones del escritor cristiano

Piensa también que una historia debe ser contada tan veraz y poderosamente como se pueda y opina que, contra lo que muchos adultos creen, los lectores jóvenes no leen novelas en busca de modelos ideales. Al contrario, quieren aventuras, evasión, risa o, en otro plano, si leen una novela seria, buscan en ella entenderse mejor a sí mismos y a los demás, ensayar por adelantado las experiencias que un día vivirán. Por eso, lo que piden a esa novela seria es que les diga la verdad, que les transmita una esperanza bien arraigada en la realidad y no “wishful thinking”; y, como no son tontos, saben bien que cualquier personaje demasiado modélico es un ideal inalcanzable.

Naturalmente, para quienes están ansiosos de finales tipo “fueron felices para siempre”, porque son niños aún o porque son adultos con mentalidad infantil, los desenlaces de sus novelas son inevitablemente decepcionantes. Pero, afirma, ella es una descendiente espiritual de Moisés y los profetas, de Jesucristo y sus apóstoles, gente muy realista que no se hacían ilusiones acerca del mundo en el que vivían. Y, por eso, la esperanza que desea que se desprenda de sus novelas no es una esperanza pobre, la que no va más allá del deseo de crecer y de controlar la propia vida, sino la esperanza bíblica radical que nos hace aguardar el triunfo final de la verdad y la justicia: “Ese es el único final puramente feliz que yo conozco. En la revelación se lo llama un principio, pero esa es otra historia”.

Citando a C.S. Lewis, indica que un escritor ha de escribir siempre como quien es y que sus creencias se revelarán de modo profundo. Pero un escritor de ficción no ha de intentar dar lecciones a nadie, sino contar una historia de modo que la belleza se manifieste al más profundo nivel y no en un sentido superficial o dulzón.

Algunos de sus libros han sido polémicos por el modo de abordar ciertas cuestiones o porque algún personaje pronuncia expresiones maleducadas.

En contraste, otros críticos han señalado que sus historias tienen demasiada carga religiosa. Ciertamente, no elige temas fáciles y, como ella misma dice, ni siquiera un chico buen lector está emocionalmente preparado para cualquier libro: “Yo nunca dije a mis hijos que no podían leer un libro, pero a veces sí les dije, ‘¿sabes?, creo que lo disfrutarás más y lo entenderás mejor si esperas un par de años’”.

Las raíces de sus historias

A diferencia de otros escritores de LIJ, siempre se ha mostrado contenta de que sus lectores sean principalmente jóvenes, y, salvo algunos relatos cortos, no ha escrito nada para otra clase de público. Cuando le han dicho algo así como que “nadie te tomará en serio si sólo escribes para chicos”, ha respondido que le basta con que los jóvenes la tomen en serio.

No siente necesidad de reafirmarse como escritora intentando entrar en otros géneros y piensa que su don particular es escribir ese tipo de relatos realistas que se desarrollan centrados en el mundo interior de una chica o un chico: alguna vez ha dicho que lo suyo es componer solos para flauta y no sinfonías. Tampoco ha escrito secuelas de sus novelas: le supone mucho trabajo dar solidez a cada una de sus historias y no le interesa explotar un éxito anterior.

Alguna vez se ha preguntado a sí misma por qué, después de haber tenido unos padres excelentes y siendo ella y su marido unos padres “normales”, sus personajes jóvenes tienen tantas dificultades con sus familias o andan a la busca de un padre perdido. Su respuesta ha sido que, aunque “yo no estoy nunca segura en relación a estas cosas”, tal vez en sus libros se revela el anhelo por el Único “a quien Jesús nos enseñó a llamar Padre”. Las raíces de sus historias, afirma, “están en el mundo tal como lo conozco, pero se dirigen hacia el reino de la paz, hacia la ciudad celestial, donde un padre está mirando con atención a la espera del regreso del hijo pródigo. Porque, por la gracia de Dios, esto es verdad para mí y para todos quienes comparten esta esperanza”.

“Debo respeto a los niños”

En cuanto a su actitud hacia los lectores jóvenes son significativas sus palabras de recepción del Premio Andersen, en 1998: “Hace años, cuando me preguntaban por qué escribía para niños, yo daba una respuesta frívola: Yo no escribo para niños, decía. Escribo para mí misma y después voy al catálogo del editor para ver lo vieja que soy.

“Pero no escribo para mí misma, escribo para niños. Nunca debería bromear con eso. Debo respeto a los niños. No puedo ser sentimental con respecto a ellos. Los únicos que pueden ser sentimentales con los niños son los que no conocen a ninguno (…). Pero escribir para ellos es una enorme responsabilidad, y quien escribe para ellos nunca debe olvidarlo. (…) [Los niños] nunca deben quedarse fuera de mi cuarto cuando estoy trabajando. (…) Tengo que recordar que escribo para niños y debo hacerlo así: con honradez, respeto y compasión”. Y en ese discurso terminó contando que si a ella le preguntaran cuál era la mayor alegría de su vida, respondería como un filósofo chino: “Un niño que baja por la calle silbando después de preguntarme el camino”.

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Las citas de Katherine Paterson entrecomilladas están tomadas de “The Invisible Child: On Reading and Writing Books for Children” (2001), New York: Dutton Children’s Books, 2001, 267 págs.
Algunos comentarios sobre las características narrativas de las novelas de la autora proceden de Maria Nikolajeva, “The Child As Self-Deceiver: Narrative Strategies in Katherine Paterson’s and Patricia MacLachlan’s Novels”, Papers 7: 1 (1997).


Sus obras

Las novelas de Katherine Paterson, a las que se ha calificado como pertenecientes al “ultimate realism”, un realismo esencial o profundo, tienen en común unos personajes bien dibujados, unos diálogos ágiles que reflejan los modos de ser de cada uno, descripciones rápidas y nada estereotipadas, finales abiertos, básicamente positivos pero ni cómodos ni forzados. De diferentes modos, se hacen en ellas referencias literarias ajustadas al tono de cada relato y se presentan de modo natural alusiones y comparaciones tomadas de pasajes de la Biblia.

De toda su producción están consideradas las mejores, y a mi juicio lo son, “Un puente hacia Terabithia”, “La gran Gilly Hopkins” y “Amé a Jacob”. Las dos primeras están en la frontera infantil-juvenil y la tercera tiene unas características particulares: se la puede considerar juvenil pero tiene un enfoque singular.

Un puente hacia Terabithia

Bridge to Terabithia, 1977
Noguer. Barcelona (1999). 122 págs.
Ilustraciones: Donna Diamond. Traducción: Bárbara McShane y Javier Alfaya.

Jess Aarons, once años, es vencido en una carrera por una chica nueva, Leslie Burke. Ambos se hacen amigos y Jess descubre con asombro que es hija única de padres cultos, que han decidido instalarse en una casa de campo, sin televisión. Inspirándose en las “Crónicas de Narnia”, Leslie anima a Jess a construirse un lugar secreto, en el interior del bosque, un país mágico como Narnia.

Un puente hacia Terabithia, sobre la importancia de la imaginación en la vida emocional de los chicos, la escribió a raíz de la muerte de una amiga de su hijo pequeño y cuando, además, a ella le habían diagnosticado un cáncer. Ante preguntas que le han hecho, ha subrayado que no intentó escribir una novela sobre la muerte, sino sobre las dificultades de comprensión y aceptación de un chico cuando la muerte le pilla cerca. Cabría decir que también de los adultos. Eso sí, no hay por qué dar el libro a un chico con un problema parecido, del mismo modo que no se nos ocurre recomendar Anna Karénina a una mujer adúltera.

 

La gran Gilly Hopkins

The Great Gilly Hopkins, 1978
Alfaguara. Madrid (2002). 152 págs.
Traducción: Alonso Carnicer MacDermott.

Galadriel Hopkins, Gilly, es una chica de once años, abandonada por su madre, incapaz de adaptarse a los hogares que intentan adoptarla. Le asignan una nueva tutora, la señora Trotter, que a la vez cuida de un niño más pequeño que Gilly, frágil y miedoso. Gilly empieza también a ir a clase de la profesora Harris, y va maquinando la forma de conseguir su objetivo: volver con su madre.

“La gran Gilly Hopkins”, divertida en su forma y trágica en su fondo, nació a partir de su experiencia personal de atender unos meses a unos chicos refugiados camboyanos que habían pasado por varios hogares de acogida: ella misma confiesa que su actitud mental al atenderles, como si su estancia con ella fuera provisional, no es el amor incondicional que se debe a un niño y que cualquier niño nota eso. Esta será una idea básica en sus obras.

 

Amé a Jacob

Jacob Have I Loved, 1980
Alfaguara. Madrid (1988). 208 págs.
Traducción: Bárbara McShane y Javier Alfaya.

Años de la II Guerra Mundial. Las dos hermanas gemelas protagonistas tienen trece años y viven en la pequeña isla de Rass, en la costa de Maryland. La narradora es Louise, la mayor, traumatizada por la preferencia que sus padres y todos siempre han demostrado hacia Caroline. Louise entabla amistad con el viejo y desconocido capitán Wallace, y se refugia en el trabajo con su padre. Y su abuela, desequilibrada pero perspicaz, le da la clave de su situación: “Romanos, nueve, trece. Según lo que está escrito: ‘Amé a Jacob y odié a Esaú'”.

A diferencia de los dos libros anteriores, “Amé a Jacob” no se cuenta en tercera persona sino en primera, un enfoque que la escritora utiliza poco: sólo en esta y en otra de sus novelas, “Preacher’s Boy”. En ella usa muchos clichés de la literatura popular para chicas y una forma narrativa muy poco común en la literatura juvenil: la narradora es una mujer recién casada que recuerda su infancia, pero de no de un modo totalmente fiable. Como una profecía que acaba cumpliéndose a sí misma, se percibe que la propia protagonista es quien modela su vida de acuerdo con el texto bíblico que da título al relato y, sólo al final, cuando contempla a sus gemelos recién nacidos y observa que uno es más débil, se abre la puerta para que comience a entrar el aire y el resentimiento pueda desvanecerse.

 

Lo más característico de estas novelas, y origen de las dificultades que suponen para algunos lectores, es la elección de los puntos de vista bajo los que se relatan las cosas. La narración discurre siempre filtrada; por un lado, todo se presenta tal como el protagonista lo ve, y eso requiere una cierta capacidad de apreciar el sesgo con el que se muestra, y, por otro, en los relatos existen unos significados simbólicos que desbordan el nivel puramente mimético. Al colocar al lector por delante del protagonista y hacerle así percibir mejor cuál es su evolución psicológica, la escritora consigue llevarle progresivamente a una identificación con el mundo interior del protagonista que difícilmente se lograría de otro modo. Los mismos títulos reflejan la óptica del, o de la, protagonista: simbólico en “Un puente hasta Terabithia”, manipulativo en “La gran Gilly Hopkins”, el juicio que hace Louise de sí misma en “Amé a Jacob”.

Son libros que no cabe calificar, simplificadamente, como libros sobre la muerte, la inmadurez afectiva o los celos. Eso sí, son historias que nos hacen ver un poco más allá en esas cuestiones y de las que se podría decir que contienen esas gotas de verdad que son como la esencia de un perfume.

 

Otras obras en castellano

De las novelas editadas en castellano que cito a continuación, destacaría “El signo del crisantemo”, una novela de su primera época que cabría calificar de aventuras en sentido amplio, y “Lyddie”, un relato claramente juvenil sobre una chica del siglo XIX que no tiene nada que ver con las protagonistas de “Mujercitas”.

El signo del crisantemo

The Sign of the Chrysanthemum, 1973
SM. Madrid (2003). 176 págs.
Traducción: Amalia Bermejo

Cuando muere su madre, el joven Muna (Ningún Nombre) deja su isla y va en busca de su padre, que supone que fue un samurái del clan Heike, y piensa que podrá identificarlo por el tatuaje de un crisantemo en un hombro. Se hace amigo del “ronin” Takanobu, un samurái sin señor, una especie de guerrero mercenario. Ya en la capital trabaja un tiempo en los establos de la Guardia Imperial y acaba entrando en la casa del espadero Fukuji, un hombre recto y solitario que toma cariño a Muna.

¡Sal a cantar, Jimmy Jo!

Come Sing, Jimmy Jo, 1985
Alfaguara. Madrid (1987). 178 págs.
Traducción: Inés Blamont.

Los padres de James, once años, junto con su tío y su abuelo, forman un conjunto de música “country” y un día que llevan a James con ellos, el programa de televisión “Countrytime” les ofrece un contrato para actuar todas las semanas.

Lyddie

Lyddie, 1991
Espasa. Madrid (1997). 252 págs.
Traducción: Rosa Benavides.

Ambientada en Lowell (Massachusetts) en 1840, en los años en que Dickens hace su triunfal viaje por América. Una chica deja el campo para trabajar en la ciudad en las duras condiciones de una fábrica textil.

La búsqueda de Park

Park’s Quest, 1988
Espasa. Madrid (1993). 201 págs.
Ilustraciones: Shula Goldman. Traducción: Juan Luque.

Un chico que quiere conocer a la familia de su padre, fallecido en Vietnam, entra en contacto con una chica oriental en casa de su abuelo.

Otras obras en inglés

Novelas de aventuras al modo de la citada “El signo del crisantemo”, son “Of Nightingales That Weep” (1974), ambientada en el Japón del siglo XII; “The Master Puppeteer” (1976), también en Japón pero en el siglo XVIII, novela editada en español en Colombia; “Rebels of the Heavenly Kingdom” (1983), en la China del siglo XIX.

Algunas menos extensas y con otros acentos, son “Flip-Flop Girl” (1994), sobre una chica con problemas familiares; “Jip, His Story” (1996), en torno a un chico abandonado en un pueblo de Vermont, ambientada en el siglo XIX; “Preacher’s Boy” (1999), relato algo distinto a otros por sus acentos más humorísticos, situado a principios del siglo XX; “The Same Stuff as Stars” (2002), el drama familiar de una niña cuyo padre está en la cárcel y cuya madre es poco responsable y que, además, debe cuidar de su indócil hermano pequeño.

Además, la autora ha firmado varios relatos cortos convertidos en álbumes ilustrados: “The Tale of the Mandarin Ducks” (1990) y “The King’s Equal” (1992) tienen el aire de dos cuentos populares; “The Angel & the Donkey” (1996), una versión del episodio bíblico de la burra de Balam; “Celia and the Sweet, Sweet Water” (1998), sobre el amor entre una hija y su madre.

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