El estandarte

Libros del Asteroide.

Barcelona (2013).

334 págs.

19,95 €.

Traducción: Annie Reney y Elvira Martín.

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Una versión de esta reseña se publicó en el servicio impreso 15/14

El desmembramiento del Imperio Austro-Húngaro tras la Primera Guerra Mundial dio lugar a una literatura melancólica, evocadora de las costumbres y actitudes de una época ya irrecuperable. Toda esta añoranza queda reflejada en El estandarte, una novela de Alexander Lernet-Holenia (1897-1976), escritor vienés cuya juventud coincidió con aquel período de crisis.

La historia está narrada en primera persona por Herbert Menis, un joven alférez que recuerda, años después de la contienda, las semanas que precedieron a la firma del Armisticio el 11 de noviembre de 1918, cuando todas las estructuras de poder se habían desmoronado. Mientras asiste a una ópera en Belgrado, Herbert se enamora de Resa, una de las damas de compañía de la archiduquesa María Antonia.

Al tiempo que florece el amor entre los jóvenes, se intercalan escenas de guerra que hacen hincapié en el ánimo de los soldados. Todos presienten el destino inevitable del imperio, con la disgregación del conglomerado de nacionalidades que lo conforman. La desafección cristaliza en un motín de la tropa, que se niega a obedecer una orden que la hubiera conducido a una muerte segura.

El título del libro hace referencia a una de las tradiciones más arraigadas de las compañías imperiales: la defensa con uñas y dientes del estandarte –que simboliza los valores más sagrados del Imperio– por el alférez más veterano de cada regimiento. Cuando esta función, por circunstancias del destino, recae en el protagonista, este, fiel a sus principios, llega a confesar que su misión significa más que la propia Resa.

Lernet-Holenia anticipa en esta elegía los horrores venideros en el siglo XX, tras la irremisible pérdida de los valores que habían sostenido el Imperio: “¿Qué había ocurrido para que el mundo cambiase de tal modo? –se pregunta el narrador–. ¡Cuántas veces ya se había hundido el mundo! ¡Era increíble que todavía siguiera en pie!”; pensamientos que remachará un apocalíptico final en el que “las banderas se quemaban, los estandartes ardían”.

Cuando Lernet-Holenia escribió estas páginas, corría el año 1934. El nazismo se había adueñado de Alemania y quedaba poco para que prendiera en Austria, la tierra natal del autor.