El enigma de la luz. Un viaje en el arte

Siruela. Madrid (2007). 143 págs. 15,90 €. Traducción: Isabel-Clara Lorda Vidal.

GÉNERO,

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Cees Nooteboom, escritor holandés, no pretende sumergirnos en disquisiciones estéticas y teóricas sobre algunas obras de arte escogidas. Sus descripciones son fruto de mirar y volver a ver lo que parecía haber visto. De examinar aquello que le sorprende e interesa de una obra de arte.

En su viaje conduce al lector por diferentes galerías y museos con continuos interrogantes, que topan con el enigma de la luz. Señala cómo Vermeer, para iluminar el rostro de la joven, sitúa el foco donde se encuentra el pintor y por ello también el espectador. El “misterio” radica en el lugar imposible desde el que hubiera podido pintar el artista.

La contemplación de unos grabados le conduce hacia los frescos de la Würzburger Residenz en Alemania, donde descubre que “Tiépolo se atreve con el vacío”. Impresionado por la ilusión de altura y espacio conseguida en las pinturas al fresco de la superficie abovedada, Nooteboom describe el exceso de figuras, la velocidad, el movimiento; una gran “explosión”.

Al llegar a Florencia, sus especulaciones tratan sobre la preocupación obsesiva por el tiempo: el eterno, el perecedero, el movimiento del tiempo. Los “Bronces de Riace” (s. V a.C.) son dos enigmas, más preguntas, y algunas respuestas tras estudiarlas; “una es pura fuerza concentrada, la otra es más melancólica.”

Del espíritu de Leonardo destaca “la necesidad de convertir la observación en la filosofía que fue para él la pintura”. Puede crear formas inexistentes en la naturaleza, aunque no pueda mejorarla. Y La Última Cena acaba de suceder; como señala Nooteboom, “el fresco ha dejado de existir y sin embargo existe”.

Observar, escuchar, leer, es la fórmula que el autor recomienda porque siempre funciona. La obra de arte es más fuerte que la teoría, llega a tu interior que “alberga un enigma semejante expresado por la propia obra”. Así descubre que El hijo pródigo, de De Chirico, se convierte en un ideograma buscando personas capaces de interpretar lo que vio el artista. En Los hombres ciegos de Pieter Brueguel, Nooteboom señala la curiosidad que despiertan los personajes anónimos de las obras flamencas, cuyas vidas “representadas en los lienzos alimentan nuestra imaginación”.

El lado oscuro del arte pictórico se pregunta quién es el sujeto pintor y qué representan sus obras. La solución la encuentra en los cuadros, no en la teoría. Mirar y permanecer en silencio. Para el autor, “sólo interesa el arte que el tiempo somete a una reinterpretación continua”.

El autor “revisita” Hopper, compara su pintura con la obra de Vermeer; son dos formas de representar una realidad que impide la entrada a una tercera persona. El enigma de la luz que las envuelve es la propia luz inventada por los artistas, “una luz inexistente en la naturaleza”.