El economista camuflado

Temas de Hoy. Madrid (2007). 344 págs. 19,50 €. Traducción: Liliana Resnik.

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Ronald Reagan dijo una vez que debería haber una versión del Trivial Pursuit para economistas: “Con cien preguntas y trescientas respuestas”. Ciertamente, los economistas no suelen ponerse de acuerdo. Pero un economista que logra hacerse entender por el gran público aplicando las herramientas de su ciencia a asuntos de la vida diaria, merece cotizar al alza. Y Tim Harford, que escribe para el Financial Times y trabaja en el Banco Mundial, lo ha conseguido. Su meta, dice, es “ayudarte a ver el mundo como lo hace un economista”.

Su método consiste en hacer descubrir los principios económicos que subyacen en situaciones cotidianas. El precio del café en un Starbucks le lleva a las teorías del valor y de la distribución del economista clásico David Ricardo; las políticas de fijación de precios quedan claras tras una visita al supermercado; la congestión del tráfico urbano explica la necesidad de los impuestos sobre las externalidades (efectos colaterales de una actividad) y de los incentivos para lograr los resultados deseados; lo que vio el autor en una estancia en Camerún muestra que la corrupción desemboca inevitablemente en la pobreza de un país…

Sus ideas sobre la sanidad y la educación resultan irreverentes. La situación de la educación pública revela las limitaciones de los servicios fuera del mercado, donde la verdad sobre precios, costes y beneficios ha desaparecido. En la sanidad, confronta el sistema americano, que le parece caro, burocrático y extremadamente irregular en su prestación, con el buen funcionamiento de la sanidad en Singapur, que combina el pago individual con las aportaciones públicas.

Como tesis de fondo, la convicción de que la economía funciona mejor si se respetan las decisiones del mercado, lo cual exige también la regulación necesaria. Pues “existe una importante diferencia entre estar a favor de los mercados y estar a favor de las empresas”, especialmente de las empresas que gracias a una falta de competencia pueden fijar los precios muy por encima del coste real.

Además de ser claro, Harford tiene sentido del humor y una pluma ágil. No es extraño que se haya convertido en uno de los escasos economistas que alcanzan el nivel del best seller sin atentar contra la competencia.

Ignacio Aréchaga

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