El día en que me torcí un pie en una estrella

Le jour où j'ai tordu mon pied dans une étoile

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PPC. Madrid (1997). 105 págs. 1.275 ptas. Traducción: Isabel González-Gallarza Granizo.

El día en que me torcí el pie en una estrella narra unos días en la vida de Luka, un niño bosnio, que un día tropieza en el cráter de un obús y es trasladado al hospital infantil de Sarajevo. De allí se escapa para reunirse con algunos amigos y ocuparse de sobrevivir en la ciudad en ruinas. Mientras lleva a cabo su propósito, la guerra desfila delante del lector contada a través de la mirada y los pensamientos de un niño.

Sarajevo se ha convertido en un inmenso naufragio: refugiados, jaurías de perros abandonados que lamen por la noche las junturas de las latas de paté; ambulancias que van y vienen; conocidos que mueren, y cascos azules (“pitufos”, como les llaman los bosnios) que patrullan sin que se sepa muy bien para qué. Luka ignora cuál es su religión, pero cada vez que cruza la calle Dzakovic, extiende sobre el pecho los tres primeros dedos de la mano derecha. Con ese signo, copiado de un icono, cuyo significado desconoce, pretende engañar a los francotiradores y hacerles creer que es un niño serbio.

Entre tanto esfuerzo para sobrevivir, a ratos asaltan los desánimos. En ocasiones tiene la sensación de ser un animal de una reserva de caza para el safari fotográfico de los reporteros; la sensación de estar muriendo para satisfacer la cuota de horror que la prensa internacional necesita en sus informativos. “Si el mundo no conociera nuestra situación -dice a Luka un refugiado- habría esperanza”. Pero el mundo lo sabía y tardó mucho en actuar. Por eso, El día en que me torcí un pie… tiene el valor, junto a otros más literarios, de denunciar poéticamente la ineficacia de los organismos internacionales de gestión de conflictos.

El resultado de este cuento/reportaje es un texto tierno y brutal, que recuerda al diario de Ana Frank por el contraste entre el tono inocente con que se cuentan las anécdotas y la terrible naturaleza de los hechos. Su lectura no se olvida con facilidad.

Rafael Díaz Riera

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