El Día de la Independencia

Independence Day

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Anagrama. Barcelona (1996). 564 págs. 2.950 ptas.

Richard Ford, nacido en Mississippi en 1944, aborda en esta extensa novela, quinta entre las que ha publicado, una crisis de madurez. Los festejos del 4 de julio, aniversario de la independencia de EE.UU., sirven de marco a la acción, tan poco prolongada en el tiempo -apenas un fin de semana- como densa en acontecimientos externos y, sobre todo, internos vividos por el protagonista. Este es un hombre de mediana edad, clase media, ingresos medianos y dotes moderadas. Agente inmobiliario en una ciudad residencial de New Jersey, divorciado, con dos hijos y una amante, es el prototipo del norteamericano estándar, modélico tanto en sus vulgaridades como en sus anomalías.

Sin embargo, el autor no se limita en su minucioso relato a trazar un semblante psicológico y vital del protagonista. Más allá de este propósito, hace un claro paralelismo entre este personaje y el país cuyo promedio de población tan bien representa. Ambos son independientes, libres, adultos, y ambos también están atravesando una profunda crisis de madurez llena de vacíos, desconciertos y contradicciones. América no es ya la tierra donde sólo el cielo es el límite, y tampoco sus habitantes tienen unos horizontes tan abiertos. Dificultades económicas, afectivas, sociales ensombrecen el panorama y llenan las almas de ansiedad. Es difícil comunicarse con los demás, conocer los propios sentimientos y menos todavía los ajenos. Ya no se sabe qué esperar cuando se llega a cierta edad, pero sí parece claro que “conviene olvidar lo mejor. Lo mejor se ha terminado”, en frase del protagonista. Este hombre, que aguanta el tipo como puede en un mundo que empieza a dar señales de decadencia, que quiere saber quién es, adónde va, y ser buen padre de un adolescente conflictivo, es una figura literaria de gran calado, que consagra a Ford como novelista.

La obra analiza de modo maestro lo solo, frágil y vulnerable que se siente el ciudadano corriente del país más poderoso del mundo. Con prosa medida, de sólida construcción gramatical y escueta adjetivación, en la que diálogos y pasajes indirectos están bien equilibrados, Ford hace un relato severo y realista de su país, sobradamente merecedor de los premios Pulitzer y PEN/Faulkner que ha recibido. Su inquietante interrogación, planteada de modo elíptico, sobre si madurar es renunciar a la independencia y aprender a establecer vínculos duraderos, proyecta una luz de esperanza hacia el porvenir.

Pilar de Cecilia

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