El chino

Tusquets. Barcelona (2008). 471 págs. 20 €. Traducción: Carmen Montes.

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En sus últimas novelas, el famoso escritor sueco Henning Mankell había abandonado a su personaje emblemático, el inspector Wallander, el protagonista de sus novelas policiacas. Mankell escribió unas novelas muy realistas, alejadas de la técnica de las novelas de intriga. Con El chino regresa al género policiaco, aunque no sea de la mano del ya familiar inspector Wallander.

En este caso la protagonista es Brigitta Roslin, una juez de edad madura que vive en la fronteriza ciudad sueca de Helsinborg y se inmiscuye en la investigación de un horroroso crimen colectivo ocurrido en el invierno del 2006 en un lejano pueblo del norte, llamado Hësjovallen. Allí aparecen diecinueve personas asesinadas con brutal violencia, entre los que se encontraban los padres adoptivos de la madre de la juez.

La policía sigue la pista de un psicópata, pero ella sospecha que en la trama está implicado un chino que ha dejado como pista una cinta roja. Roslin ignora que los antecedentes de la matanza se remontan a siglo y medio antes, cuando muchos habitantes de aquella nación oriental fueron llevados a la fuerza a trabajar como esclavos en la construcción de una línea férrea en Estados Unidos. Por eso es en Pekín donde se desarrolla una buena parte de la novela, aunque también Mozambique y Londres sean escenarios de la misteriosa y trepidante aventura de la juez Roslin.

Como en otras novelas de Mankell, la protagonista es un personaje con algunos problemas personales y familiares interesantes y bien planteados, lo que la convierte en un personaje cercano y simpático. Lo más interesante de la novela son las cuestiones ideológicas que plantea, sobre las tensiones internas entre el comunismo y el liberalismo capitalista que se dan en la poderosa China, que se prepara para los Juegos Olímpicos de 2008, y en su política de intervención en África.

La historia policiaca se desboca en un buen número de situaciones, casualidades y reacciones que en su conjunto resultan inverosímiles -como también pasaba en las novelas anteriores de Mankell La leona blanca o El cerebro de Kennedy, por ejemplo-, lo que da sin embargo a la historia un talante de parábola.

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