El canto del cuco

Gadir.
Madrid (2014).
208 págs.
19,50 €.

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Con Historias de la Alcarama (2008), el veterano periodista y escritor Abel Hernández (Soria, 1937) consiguió un inesperado éxito de lectores al describir sus recuerdos en el pueblo donde nació, Sarnago, en las Altas Tierras de Soria, cerca de la Alcarama y de la sierra de Oncala, en los límites de La Rioja, Navarra y Aragón. Con una exquisita calidad literaria, Hernández recuperó con nostalgia y sin ninguna acritud cómo era la vida cotidiana en un perdido pueblo rural, años después completamente deshabitado y abandonado. Tras ese primer libro, Hernández continuó su labor de reconstruir cómo era aquella civilización rural en El caballo de cartón (2009) y Leyendas de la Alcarama (2011).

Ahora, con el título de El canto del cuco, Hernández presenta un diario íntimo en el que las referencias a su vida actual le sirven de acicate para recordar otras muchas historias de aquellos pueblos perdidos y muertos de Soria, ahora un desierto demográfico, que fueron el escenario de su niñez. El punto de partida es siempre su experiencia personal, contando sus recuerdos y sus vivencias. “Pertenezco –escribe el autor– a la última generación bisagra: he pasado del candil a Internet, del arado romano al avión supersónico, de la Edad Media a la era tecnológica y a la posmodernidad. Soy testigo directo y privilegiado de una civilización milenaria, la civilización rural, que se acaba y de la que es preciso recoger los despojos para que dispongan de ellos las nuevas generaciones”.

Siguiendo el curso del año, Hernández recuerda la figura de su padre (fallecido muy joven, con 28 años), habla de la vida de entrega de su madre y sus abuelos, de algunos vecinos, de los maestros y médicos rurales, de costumbres y fiestas, de la Navidad, excursiones y diversiones, las primeras nevadas, la naturaleza y los animales… y hasta del Calendario Zaragozano. Es cierto que algunos de estos recuerdos aparecen también en los otros libros mencionados, pero Hernández sabe dotarles en este de una nueva intención estética, al narrarlos con otro sabor estilístico, más íntimo y sentido. El regreso a la infancia y la descripción de un mundo rural –“tan elemental, tan condenadamente sencillo y rutinario”–, de cuya extinción el autor ha sido testigo, marcan el tono nostálgico, evocado con una llamativa riqueza gramatical que incluye la recuperación de expresiones ya olvidadas y palabras también perdidas.

En estos libros, Hernández ha ido dando forma a una sentida elegía a una vida pasada que ya no volverá. Su objetivo no es solo describir la desaparición de las faenas agrícolas y ganaderas y, en consecuencia, el deterioro económico de estos pueblos. Hernández describe también la defunción de un sólido estilo de vida que moldeaba las relaciones humanas, familiares y sociales y que se hacía visible en el lenguaje, las diversiones, las fiestas, las creencias…

Hay también un no disimulado tono de denuncia del ritmo de vida actual, sobre todo en las ciudades, en contraposición con el sentido del tiempo con el que se vivía en aquellos pueblos, y también una crítica a las decisiones políticas que se tomaron en un determinado momento, con la llegada de la maquinaria moderna a los campos, que provocaron la progresiva aniquilación de estos pueblos poblados ahora solo “de fantasmas y de ruinas”.

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