El camino blanco

TÍTULO ORIGINALThe White Road

GÉNERO

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Tusquets. Barcelona (2006). 373 págs. 20 €. Traducción: Silvia Barbero.

Mientras espera el juicio por su caso anterior, narrado en “Perfil asesino” (ver Aceprensa 70/05), Charlie Parker recibe el encargo de investigar un nuevo homicidio. La hija de un poderoso magnate del sur de Estados Unidos aparece muerta en una ciénaga, y el principal sospechoso es un joven negro, por quien nadie da cinco centavos; pero su abogado, amigo de Parker, cree que es inocente.

A Parker no se le entiende sin saber lo que se cuenta en las tres anteriores novelas. Como mínimo, es imprescindible la lectura de la anterior, citada arriba. Parker es tenaz pero indisciplinado, con grandes dotes para comprender personas y situaciones, pero incapaz de distanciarse de los problemas; por todo ello, es tan buen investigador como mal policía. Casi desde que le conocemos (véase “Todo lo que muere”, Aceprensa 83/04) trabaja por su cuenta, ha resuelto casos importantes y difíciles, es respetado pero todos los buenos prefieren tenerlo lejos. Las libertades que se toma con la pistola, el tipo de gente que le ayuda, su violencia y la ausencia absoluta de espíritu contemporizador, le convierten en una especie de cruzado casi tan molesto como aquello que combate. Tiene una especie de don que le hace mantener una cierta relación con los muertos, los cuales, a su entender, no terminan de irse hasta que se ha hecho justicia con sus asesinos. Parker avanza en su indagación en la metafísica del mal. Novela a novela resulta más perfilado, con menos ambigüedad moral. Se siente una suerte de ángel vengador con la misión de procurar un equilibrio. Todo esto lo maneja Connolly con contención, sin pasarse a la novela fantástica aunque bordeando sutilmente la de terror.

El caso narrado es, otra vez, sencillamente terrorífico. El ingrediente ambiental nuevo es el racismo (Klan y neonazis ultraderechistas contra negros, judíos, abortistas y homosexuales). En medio, una historia de venganza y de culpas pasadas. La imaginación de Connolly para crear personajes con patologías criminales escalofriantes no parece tener límites, pero es probable que su fórmula necesite en futuras entregas de nuevos ingredientes. La novela tiene una calidad alta como las anteriores aunque tarda en alcanzar el ritmo electrizante habitual de Connolly, que peca a veces de prolijo en las ramificaciones, descripciones, acotaciones históricas o relatos del pasado de los personajes.

Javier Cercas Rueda

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