El caballo de cartón

Gadir. Madrid (2009). 185 págs. 17 .

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Hace un año, Abel Hernández nos sorprendió con Historias de la Alcarama, magnífico relato de su infancia en Sarnago, pueblo hoy deshabitado en la provincia de Soria. El escenario de El caballo de cartón es el mismo. El punto de partida, el encuentro, en la casa abandonada donde nació el autor, del diario que escribió a los once años durante unos meses y del caballo de cartón que le regalaron un día de Reyes. A partir de ahí, vuelven los recuerdos de personas, de sucesos, de costumbres, con la detallada descripción de la vida en el campo y del paso de las estaciones como hilo conductor de la narración.

En este segundo volumen se hace más hincapié en las personas, como homenaje a los últimos moradores de la aldea: unos emigraron en busca de mejor fortuna; otros fallecieron allí. Destaca también la unidad familiar: la madre, que enviudó muy joven, los abuelos, tíos, sobrinos… así como el papel de otras personas que influyeron en la vida del escritor, como el maestro que le daba clases particulares para que pudiera seguir estudiando o el cura que lo orienta hacia el seminario de Logroño para lograr, como deseaba su madre, que no tuviera que quedarse en el pueblo cuidando los rebaños o arando la tierra. Luego el autor se inclinó por el periodismo.

Abel Hernández, que admira a los escritores de la llamada generación del 98, no tiene, sin embargo, su visión un tanto idealizada de Castilla, pues casi todos procedían de la periferia peninsular (Antonio Machado, Unamuno, Azorín…). Él conoce su tierra desde dentro y, como Miguel Delibes, más bien trata de mantener la memoria de un tiempo pasado y de unas costumbres que se desvanecen. Esto afecta también al lenguaje. La prosa de Abel Hernández es una delicia, pero, además, recurre a un buen número de palabras hoy en desuso en un intento de que no se pierdan del todo. Por poner un ejemplo, maravilla la variedad de términos que se usaban en aquellos parajes inhóspitos para describir las nevadas con todos sus matices, quizá porque les iba en ello la supervivencia. Al final del libro, se incluye un glosario que resulta muy útil.

Literatura de calidad y un cordial homenaje a una tierra y a unas personas concretas, con un trasfondo que ayuda a pensar sobre la precaria grandeza de la condición humana.

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